Zelel: tejedoras que inmortalizan simbolismos

Parte del grupo de artesanas Zelel, del municipio de Venustiano Carranza. Diego Pérez / CP
Parte del grupo de artesanas Zelel, del municipio de Venustiano Carranza. Diego Pérez / CP

El tejido en telar de cintura es uno de los vastos tesoros culturales que preservan algunas regiones de Chiapas. Obras de arte que revelan misticismo y memoria ancestral, cuyo trazo, trama y vuelta de hilo son legado de un ciclo tradicional en donde muchas mujeres juegan un papel muy importante y se han encargado de inmortalizar simbolismos en el textil.

Ubicado en la Depresión Central del estado, el municipio de Venustiano Carranza es rebosante de cultura, solemnidades y precedentes históricos, además se caracteriza por confeccionar indumentarias elaboradas por mujeres con raíces tsotsiles.

Las “manos sabias” reconocidas a nivel nacional e internacional efectúan esta práctica antiquísima llena de vigencia y plenitud.

El grupo de artesanas Zelel (dibujo artesanal en trazado) se reúne en un taller ubicado en el barrio Guadalupe, en donde Cuarto Poder accedió para dar aserción a este importante diálogo entre el hilo, el telar y las tejedoras.

El escenario traslada el instante a los orígenes del textil, cada artesana elige o se encuentra en el lugar donde se siente más cómoda; algunas se concentran en su faena y otras explican el proceso.

Una parte del telar se ata en árboles o muros, y el otro extremo lo sujetan a su cintura; el aglomerado de hilos es organizado verticalmente.

Para ir tejiendo por arriba y debajo, las mujeres se ayudan de palos y lanzaderas, el cual sigue siendo el formato original y antiguo a fin de darle forma y confeccionar cada textil.

Al respecto, María Consepción Jiménez Gómez, presidenta del grupo, refiere que llevan varios años bregando desde el centro de la Casa del Pueblo, ya que pertenecen a la Organización Campesina Emiliano Zapata (OCEZ).

De manera afable pero con personalidad de liderazgo, doña Conchita como es mejor conocida, explica que anteriormente eran unas 250 artesanas, pero “lamentablemente con el problema de las políticas territoriales, se dividió la gente y cada quien agarró su camino”.

Narra que con el paso del tiempo volvió a formar el grupo: “hoy día sumamos 40 mujeres dedicadas al telar de cintura y bordado, es sustancial decir que tenemos otras actividades; si nos invitan a las exposiciones, pasarelas o talleres, nosotras con gusto colaboramos con la gente que nos requiera”.

Al trazo delicado, las artesanas siguen progresando en los espacios cada vez más dinámicos, demostrando su aptitud y compartiendo su saber, sin olvidar que tienen el don de esbozar con hilos sobre la tela, destacando lo más simbólico de su pueblo: el pájaro (Mut) y la flor (Chixk’anal).

Entre sus piezas sobresalen blusas, bufandas, pantalones, camisas, bolsas, tapetes, cojines y muchas más. Es importante mencionar que los costos varían dependiendo el tamaño y diseño.

“Una blusa bordada, con detalles muy específicos y definidos lleva de 15 a 30 días y cuesta entre los 300 a 600 pesos”, comenta una maestra, aunado a que el arduo trabajo hace que la prenda tenga un valor histórico y emocional.

La ocupación de las tejedoras es honrosa y conduce a la productividad e invención desbocada, “no es un proceso fácil, requiere tiempo y paciencia, ya que el resultado final se aprecia en cada uno de los detalles”, pero lo más importante es que posee la firma y distintivo del grupo.

En este panorama, las nuevas generaciones, esas pequeñas almas que juegan en el entorno, aprenden el oficio familiar, además afinan su sensibilidad, heredan destrezas y recopilan experiencia magistral para llegar a ser dignas representantes Zelel del porvenir.

La realidad

A pesar del esfuerzo y disciplina incesante, de luchar cada día para salir avante, las 40 mujeres tsotsiles de Carranza enfrentan el problema de la falta de apoyos que les permita mantener no sólo este oficio, sino también conservar en cada una de las generaciones venideras la técnica arcaica.

La falta de apoyo no es exclusiva de esta región, ya que en los Altos de Chiapas (San Cristóbal de Las Casas, Zinacantán, paraje de Navenchauc, San Juan Chamula, Tenejapa, San Juan Cancuc y Mitontic); de la Depresión Central y de la región Fronteriza (Comitán de Domínguez, Socoltenango, Las Margaritas y Tzimol), las mujeres dedicadas a este trabajo padecen una notable y agobiante precariedad en cuanto a los recursos que requieren para seguir detonando, creando y dar a conocer cada vez más su manufactura de primera calidad y sobre todo, con fragmentos históricos y multiculturales.

Ante esta problemática, Mari Eche, nombre en tostsil, hace un llamado a las autoridades para que pongan la mirada en cada uno de estos lugares. “Necesitamos que nos tomen en cuenta”.

Expuso que el único apoyo que se ha tenido es respecto a la renta del local que usan para vender sus productos, pago que absorbe el ayuntamiento, pero aclaró que fue por acuerdo de campaña del actual alcalde.

Fuera de ello no reciben ningún otro tipo de ayuda, es por eso que confió en que el mandatario estatal les proporcione la colaboración que necesitan para promover más su oficio.

“Nosotras llevamos años trabajando, y lo que estamos solicitando es que se nos tome en cuenta”, expresa la representante apasionada a la faena legendaria.

Los antecedentes de cada localidad en donde se elabora el atavío de manera artesanal, muestran afinidades y situaciones muy significativas: la limitación del capital y apoyo.

El textil es una de las riquezas más valiosas y significativas del estado, en donde mujeres y hombres rinden homenaje a las culturas prehispánicas y mayas, pero sobre todo conservan la evocación viva de sus antepasados.

Son tejedoras y tejedores del alma de Chiapas, que entrelazan añoranzas del pueblo y lo enaltecen con orgullo, dominan habilidades esenciales y exteriorizan sus emociones entre la imagen y cosmovisión.