El descubrimiento de carros-bomba en Culiacán parece revelar una nueva escalada de los traficantes de droga que los pondría en la ruta de los combatientes del Medio Oriente, como antes de los narcos de América del Sur y de los miembros del Ejército Revolucionario Irlandés (IRA).
Hay una variante peligrosa: los cárteles pueden dejar de destruirse entre sí para unirse en un frente común contra el Ejército, la Agencia Federal de Investigaciones y la Policía Federal Preventiva, además de las fuerzas municipales y estatales, menos dotadas que las otras.
En lo que va del ano, alrededor de 2 mil 200 personas han muerto por la violencia criminal. En cinco anos de la guerra de ocupación de Irak las bajas militares de Estados Unidos son de poco más de 4 mil. En otras palabras, menos que aquí.
Sólo en una semana ocurrieron 25 asesinatos en Sinaloa, pese al festinado despliegue de 3 mil policías y militares en la entidad. Es decir, la fuerza no ha bastado ni siquiera para evitar la libre movilización de las pandillas criminales, aunque haya servido para afirmar la indudable legitimidad del gobierno.
Los carros se convierten fácilmente en bombas con la instalación en su interior de recipientes de gas butano y un detonador que se activa con un teléfono celular o un control remoto para abrir las cocheras.
Estas armas, más potentes que un cóctel Molotov de botellas de gasolina con mecha, han sido utilizadas en Londres, Irán, Irak y Colombia, pero su manual de fabricación y empleo ha sido puesto en internet por Al-Qaeda, la organización terrorista de Osama bin Laden. Está al alcance de un nino.
El recurso de los autos-bomba es salvajemente sorpresivo. Cualquier vehículo aparentemente inofensivo, estacionado junto a la acera, puede volar intempestivamente y causar la muerte de inocentes. La estrategia cambia de blanco: ya no se dirige a los contingentes armados, sino a la sociedad civil. Recuérdese hace 14 anos, cuando una furgoneta hizo explosión frente al edificio federal de la ciudad de Oklahoma, con una guardería infantil incluida. Timothy McVeigh fue ejecutado por ese crimen horrendo.
En Guamúchil, la semana pasada las víctimas fueron jóvenes y ninos que salían de una fiesta de 15 anos. A los narcos no les importó que inadvertidamente cruzaran en medio de la trayectoria del intenso fuego y continuaron disparando hasta acribillarlos sin piedad.
Ahora, con el hallazgo de los vehículos-bomba en dos casas de seguridad y en un barrio donde viven secuaces de Joaquín El Chapo Guzmán y de los hermanos Beltrán Leyva, es evidente que con el terrorismo indiscriminado el hampa busca doblegar a la autoridad y propiciar un clima de desintegración social próximo a la anarquía. Un funcionario del Departamento de Justicia de Estados Unidos no dudó en advertir que se trata, ni más ni menos, del paso de las bandas criminales al narcoterrorismo.
Ya no queremos que nos digan que esto es así porque el gobierno está ganando la guerra al narcotráfico, ni que es una reacción a los golpes que la delincuencia organizada ha indudablemente resentido.
Deseamos que la situación se exponga con crudeza para plantear acciones de policía y Ejército mejor articuladas con más eficiente trabajo de inteligencia, rastreo de dinero sucio, freno al contrabando de armas y endurecimiento de las leyes.
La energía desperdiciada en pugnas entre el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) y los legisladores puede ser más útil si se emplea en esta lucha contra un mal que socava seriamente a la nación, y que reclama la alianza de los partidos políticos, que hoy parecen indiferentes, y la participación de una sociedad entera que ahora es víctima del narcoterror. (El Universal)











