zObama? ?Jamás!

"Cuando en mayo me atreví a escribir que el próximo presidente de Estados Unidos bien podría ser Barack Obama, un lector sarcástico me contestó: ""Obama nunca podrá llegar a ocupar la silla presidencial de Estados Unidos. zCómo un profesor de su preparación puede ser tan ingenuo? Eso sólo significa que desconoce usted la realidad del país vecino. zDe verdad cree usted que ya se superó la discriminación en ese país? zQué no se da cuenta de que es una situación propiciada por los republicanos como único medio de ganar las próximas elecciones?"". Fidel Castro y Armando Hart hicieron la misma afirmación, de manera más cruda.

Pues no es mi ""preparación"" que me empujaba a jugar al pequeno profeta, ciertamente ingenuo, sino el hecho de que ""el cerebro político es un cerebro emocional"", como bien dice un autor del país vecino, y mis emociones resultaron las de la mayoría de los estadounidenses.

zGracias a la crisis financiera y a la recesión? En buena parte, sí, pero pocas veces en la historia de Estados Unidos la participación electoral alcanzó esa cima; nuestro vecino era famoso por la no participación estructural de la mitad de la población. zLa crisis empujó la gente hacia las urnas? Sí y no. Los millones de no inscritos, porque antes no tenían la edad o la nacionalidad necesaria, se registraron antes del crash bancario.

El mensaje de Obama fue más emocional que racional, al invocar una comunidad nacional unida, mensaje que retomó en su discurso del parque Grant en Chicago, el 4 de noviembre en la noche, a la hora de la victoria: aquí no hay ni blancos, ni negros, ni latinos, ni asiáticos, ni homosexuales, ni heterosexuales, aquí estamos, Estados Unidos de América. Supo establecer una conexión personal con los estadounidenses, sin demagogia, ni populismo.

La elección se decidió como sabemos porque el candidato demócrata supo inspirar a la mayoría de sus compatriotas la sensación, el sentimiento de que él representa su comunidad, de que él les ayudará a sentirse más comprometido en un proyecto nacional mayor y no partidista.

Mi corresponsal mexicano no era el único escéptico. Un querido amigo liberal, más bien radical, de los Yunaites, natal de un estado central que votó, como era de esperar, republicano, me escribía el 6 de octubre: ""Sobre la elección, yo no apostaría nada. Además, Bush tiene todavía 105 días legales en la Presidencia. McCain podría morir cualquier día. A Obama lo podrían matar cualquier día. A Bin Laden lo podrían jalar de su cueva cualquier día. Cheney y Rove, los dos muy astutos, son capaces de hacer todo, todo lo necesario para ganar, excepto exponerse a una condena a la cárcel"".

Bueno, faltan todavía muchos días para que el presidente electo tome posesión, pero por lo pronto los dos candidatos llegaron vivos al 4 de noviembre y los votantes han desmentido los pronósticos que desconfiaban de los sondeos con el argumento: ""Mucha gente miente porque no quiere parecer racista, pero a la hora de la hora, no podrán decidirse a votar por un negro"". Bueno, un mulato, criado en el seno de una familia ""blanca"", si tenemos que hablar así en una América que Obama define como ""post raza"". A vísperas del voto, varios periódicos europeos se preguntaban: ""zSe atreverán a elegir Obama?"".

Pues, sí, se atrevieron y daba gusto ver la tranquila y pacífica alegría de las multitudes compuestas por todas las ""razas"" de la gran familia humana; daba gusto y también a uno se le cerró la garganta cuando vio las lágrimas silenciosas del reverendo Jesse Jackson, personaje monumental de la vida pública estadounidense durante los últimos 25 anos, un Jackson que hace 40 anos vio caer, bajo las balas asesinas, al héroe pacífico del cual era el asistente, Martin Luther King. Y ver a la hija de Martin, pastora en la iglesia de su padre, la Ebony Baptist Church, y la televisiva Oprah, la famosísima, perdida en un mar de lágrimas de alegría.

El mundo entero estaba delante de las pantallas, porque estas elecciones tenían una importancia mundial. Para nosotros, que no somos estadounidenses -pero tenemos parientes mexicanos que lo son-, el envite era mayor: que el pueblo vecino escogiera el líder capaz de ayudar a Estados Unidos a reintegrar la comunidad internacional en términos amistosos. Estuvimos esperando, deseando el regreso de unos Estados Unidos capaces de querernos y, por lo tanto, de ser queridos. Por eso hace seis meses dije que Obama triunfaría. No era un cálculo científico, era un deseo emocional. Después de la decepción, surge la esperanza.



[email protected]

*Profesor investigador del CIDE

"