Los cohetones anuncian la salida de las tres Vírgenes de Copoya de la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria. Como cada año, en el primer domingo de agosto, alrededor de mil pobladores realizan la tradicional peregrinación rumbo a la represa, para que las “Copoyitas” bendigan las siembras y atraigan las lluvias.
Al ritmo de flautas de carrizo y tambores tiene lugar una celebración marcada por el sincretismo cultural, reuniendo a toda una comunidad entregada con fervor religioso, portando con orgullo la indumentaria de la tradición, así como las costumbres que durante largo tiempo ha vestido a esta colonia zoque.
“Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores”, replica una y otra vez el megáfono acallado por el repique de las campanas que anuncian las siete de la mañana, momento en el que, bajo un telar de inciensos, salen de la parroquia las “Copoyitas”, integradas por la Virgen de Candelaria, del Rosario y María de Olachea, siendo esta última la imagen que preside la peregrinación.
Los parachicos encabezan el contingente, quienes entre tamboreos y sones populares danzan junto con niñas, niños, jóvenes y adultos; por detrás se aproximan los zoques tradicionalistas, que entre pito y tambor realizan los tradicionales bailes de “Napapok etzé”, “Yomo etzé” y “Suyu etzé”.
Parten del Parque Central de Copoya, con dirección hacia la represa; son cientos y al paso, bajo los pétalos de santa rosa, flor de mayo y juncia —las cuales van arrojando los pobladores afuera de sus casas— se adhieren más, hasta abarcar varias cuadras.
Origen
Francisco Velazco de la Cruz, maestro de danza y música tradicional e investigador zoque, comenta que se trata de un festejo de cientos de años, cuya génesis fue realizar una procesión hacia los cuerpos de agua con los que cuenta la meseta, debido a que hubo un año en el que no llovía y los cultivos se estaban acabando.
Los principales —junto con el pueblo— decidieron hacer la procesión, y años después acordaron mantenerla para que cada primer domingo del mes de agosto se realizara el paseo.
“Hasta hace poco las Virgencitas se llevaban hasta El Capulín, un lugar a lo alto de la meseta para que las imágenes vieran los cultivos de todo el ejido, de Suchiapa y Tuxtla, y así pedir por la lluvia. Se dice que el milagro sucedió, pues la lluvia se dejó caer y los campos volvieron a florecer. Desde entonces, cada año se hace el recorrido como muestra de la creencia y de la fe religiosa”.
Velazco de la Cruz agregó que “en El Capulín se almorzaba y se hacía la misa; ahorita cuando termina el acto litúrgico, hay personas que lo piden en su casa y ofrecen una comida, para luego terminar la procesión con la misa”.
Buenas cosechas es el acto de fe que motiva a miles a pasear por el pueblo a las tres Vírgenes; visitan más parroquias y parcelas, resuenan los cuetones y el mariachi; ya en la represa se ofrece la Santa Misa, presidida por el párroco. Culminada la actividad litúrgica, el pozol se reparte entre todos los feligreses.












