zParlamentarismo?

"Francisco Valdés * El Universal. A diferencia de Europa, que defenestró a la monarquía y trasladó el poder al Parlamento, la mayor parte de América sustituyó la monarquía con la presidencia, pero sin resolver el equilibrio representativo.

El primer presidente en América, George Washington, al momento de la Convención Constitucional de 1787, hubo de pronunciarse sobre si Estados Unidos debía emular a Inglaterra instaurando una monarquía constitucional. La dificultad mayor era que en Estados Unidos no residía ninguna casa real e importarla era un contrasentido, una traición al movimiento independentista contra la corona inglesa. Pero había otro detalle, quizá más espinoso.

El enorme prestigio de Washington como comandante del ejército libertador lo colocó en la Convención como un fiel de la balanza. Todas las grandes figuras de la época reconocían en él al dirigente principal. Y el pueblo de las 13 colonias lo aclamaba entusiasta como su gran dirigente. De ese pueblo surgió el clamor de que Washington fuese erigido rey de la nueva nación. Por decisión propia, el libertador desoyó ese clamor.

En la Convención se debatió incansablemente sobre el régimen político que debía instaurarse. Ahí nació el sistema presidencial con división de poderes, inspirado en las ideas de los clásicos de la democracia y en la experiencia de las colonias inglesas. Pero es poco sabido que Washington jugó un papel determinante en ello. Contando, como era el caso, con el comando indiscutido de la fuerza militar le hubiera sido fácil caer en la tentación caudillista. Incluso hubiera sido factible que aceptara asumirse como monarca por aclamación del pueblo. Bastaba con que disolviera con su ejército la Convención y llamara al pueblo en su apoyo.

Contrariamente a esta opción prevaleció la virtud republicana y la lealtad de Washington al proyecto esbozado en la Declaración de Independencia. Del ingenio de los convencionistas y del apoyo del comandante en jefe del ejército surgió la primera democracia moderna de la historia. Y tomó la forma de un sistema presidencial debido al enorme peso de la figura de Washington y a la necesidad de contar con una dirección firme en el arranque.

Y la paradoja sigue ahí. El torrente de la democracia europea se canalizó en las riveras de los parlamentos reales y el combate al absolutismo. De ahí que, al descabezar las monarquías o reducirlas a la insignificancia, instauraran el Parlamento como eje del poder político y, a la postre, dieran al Ejecutivo el carácter de una designación parlamentaria representativa de la proporcionalidad concentrada en el Poder Legislativo.

Por contraste, las repúblicas americanas instituyeron el principio de equilibrio de poderes con base en la dualidad entre presidencia y Congreso como poderes electos separadamente. La independencia de las metrópolis dejó vacío el sitio del monarca que fue sustituido por un Ejecutivo electo por el voto ciudadano.

Las marcas de origen de cada trayectoria, la europea y la americana, se mantienen hasta nuestros días. El perfeccionamiento de las instituciones que caracterizan a cada una sólo ha reforzado las virtudes y defectos de cada sistema. Y hay una virtud en la primera de la que carece por completo la segunda.

Por la forma en que se accede al poder y se ejerce en el gobierno, el sistema parlamentario ofrece la posibilidad de representar de manera más incluyente los distintos órdenes de preferencias de los electores. Este sistema se adapta mejor a la representación efectiva del pluralismo político en las decisiones de gobierno y, consecuentemente, en las políticas públicas.

La razón es muy sencilla: quienes después de una elección son designados por el Parlamento para formar el gobierno suelen ser una coalición de las fuerzas contenidas en él. De este modo, las decisiones ejecutivas y las políticas de gobierno son resultado de negociaciones entre las fuerzas representativas sin que ninguna de ellas, en principio, quede excluida de participar en ellas.

Al contrario, el sistema presidencial no lleva al gobierno a las fuerzas políticas en proporción a su importancia, sino solamente al partido del presidente. De ahí que ofrezca sólo dos posibilidades: dar mayoría al presidente en el Congreso o no otorgársela. Si se agrega la presencia de más de dos partidos políticos el problema se complica pues ocurre uno de dos escenarios. Si hay mayoría de un partido, éste legislará sin necesidad de incluir a las minorías, o bien, si ninguno alcanza mayoría, tiene que acordar con los demás que, de cualquier forma, no participan en el gobierno y por ello tienen un fuerte incentivo para socavar su ejercicio.

Cuando se menciona la posibilidad de que México transite hacia una democracia parlamentaria, la mayoría recibe la idea con incredulidad, cuando no con franca sorna. Y no es para menos; desmontar un sistema para instaurar otro no es una tarea fácil. Pero lo cierto es que hay caminos intermedios para ""parlamentarizar"" el sistema actual y darle la flexibilidad de los sistemas mixtos para incluir en la acción gubernamental a las diferentes opciones políticas en lugar de excluirlas. Mientras esto no se haga el peligro de parálisis se perpetuará indefinidamente.

No hay que perder de vista que México está inmerso en un proceso de selección de instituciones, no sólo de políticas. Tampoco olvidemos que la selección original del sistema presidencial fue un factor influyente en la declinación económica de México en el siglo XIX. De ahí que sea obligado pensar en alternativas, más que insistir en que el sistema funcionará por obra y gracia de la Providencia. [email protected]

+ Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM

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