"Francisco Valdés Ugalde
Los cambios históricos no se definen por la descripción que hacemos de ellos como observadores ""externos"", sino por la forma en que su ""realidad"" se convierte en una percepción compartida o disputada. Esto es así al menos cuando juzgamos nuestra época.
El cambio político en México se presta a una reflexión de mayor alcance que la que solemos practicar. Estamos demasiado acostumbrados a calificarlo como ""transición a la democracia"".
Este término resulta incompleto y con frecuencia se antoja inocuo para referirnos a lo que pasa.
A diferencia de países cuyo cambio político dio lugar a la acunación del término ""transición democrática"", el nuestro no inició la transformación de su sistema en presencia de una dictadura militar, sino de un régimen civil autoritario, jerárquico y centralizado, que llegó a tener gran aceptación social. Tan así es, que por muchos anos las convocatorias a la apertura democrática recibieron poca adhesión, mientras que los miembros del ""pueblo"", mayoritariamente, se resistían a transformarse en ciudadanos.
Nuestra historia reciente no registra la presencia de un sistema político democrático rebasado por las demandas sociales y, por consiguiente, que haya incitado a un golpe de Estado, como fue el caso de países como Chile, Uruguay, Argentina, Brasil o Bolivia.
A diferencia de ellos, en nuestro país se ha dado un proceso de desarrollo político incremental, con altas y bajas, avances y retrocesos. Pero desde 1940 por lo menos, hemos vivido y padecido un régimen constitucional que otrora empujó hacia el futuro y que ha perdido esa capacidad.
El cambio más drástico se ha producido en menos de una década. Su sentido básico es el paso hacia una modalidad poliárquica de gobierno.
Debido a ella varios partidos compiten legítimamente por el poder y, cuando lo obtienen, luchan por conservarlo, a sabiendas de que los votantes pueden cambiar sus preferencias y llevar, periódicamente, a un partido diferente a los cargos de mando y representación. De ahí que la alternancia sea una característica fundamental del sistema político.
Sin embargo, gracias a las peculiaridades de nuestra ""transición"", hay más de uno que mira nostálgico hacia el pasado. Unos por conveniencia, otros por convicción. Algunos partidos parecen prepararse para una contienda seudo histórica en la que de un lado estarían los buenos de a de veras y en el otro ""la reacción"" y el retroceso.
De esta manera se apela a la fe de los ciudadanos, no a sus capacidades de escrutinio y deliberación. Más que con imaginación orientada hacia la innovación, se busca captarlos con la manipulación de las creencias e identidades.
En este entorno los grupos económicos más poderosos se reúnen para proteger sus intereses creados alrededor de las políticas económicas del sistema que dejamos atrás. Tenemos, así, partidos que no atinan a saber a dónde deben mirar y factores reales de poder que amenazan con imponer su agenda disfrazando su lobuna condición de caperucitas civiles.
De una u otra forma, se busca condicionar la oferta de los partidos políticos para que no sean ellos, ni los gobiernos que emanen de las elecciones, los que respondan abiertamente al mandato de los ciudadanos, sino meros vehículos que garanticen la protección de viejos intereses. Basta ver a diario la ""oferta"" informativa de la televisión privada para darse cuenta de la estratagema.
zHabremos llegado a una situación de estancamiento? La elección a la Presidencia de Vicente Fox fue un punto culminante del cambio que envió la senal de que ya no hay un solo puesto de gobierno en el que no pueda darse la alternancia.
No obstante, tal alternancia no ha ido aparejada de las transformaciones que nos colocarían al otro lado del río. Más bien se han impuesto las escaramuzas en las que se confunde la oferta de ocasión con la responsabilidad ante el cambio político de fondo.
Una mirada a las reformas de los últimos 10 anos permite ver que hemos sido capaces de iniciar un cambio en los procedimientos para habitar el sistema político, pero que muy poco se ha conseguido para concluir el desmantelamiento sustantivo de las viejas estructuras con que se gobernó a México durante 70 anos.
Un federalismo raquítico y envejecido, derechos sociales quiméricos, desequilibrio entre poderes, centralismo exacerbado, insolvencia institucional ante la corrupción son, entre otros, asuntos que reflejan que el camino del cambio se ha bloqueado.
Quizá no hay senal más notoria de este atorón que la hipertrofia de los partidos como fines en sí mismos en vez de como medios para alcanzar fines. El excesivo gasto en su financiamiento no alcanza a derivar en oferta clara de programas de gobierno que aliente a los ciudadanos a mirar hacia delante, no hacia atrás.
La alternancia generalizada ha sido el punto de llegada del cambio pero a un tiempo constituye la oportunidad para enviar el mensaje a nuestros líderes de que el futuro que queremos está en la innovación, no en la restauración de un pasado recreado artificialmente.
Hacer frente a los graves problemas sociales del país mediante el gobierno democrático implica instaurar un equilibrio nuevo que solamente puede alcanzarse si los gobernantes se convencen de que la apertura a una nueva etapa del desarrollo político está en la reforma institucional que ha quedado pendiente.
Investigador del IIS de la UNAM.
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