"Francisco Valdés Ugalde * Universal. El curso seguido por algunos estados latinoamericanos es un referente obligado para quienes habrán de tomar decisiones de cambio en la estructura política de nuestro país.
Para aprender de esas experiencias hay que reconocer que México se adentra, por primera vez en su historia contemporánea, por un sendero en el que los resultados de los procesos de decisión no están asegurados de antemano por un sistema jerárquico que concentre e induzca una dirección nacional única desde el poder.
El país cuenta con una estructura político-electoral consistente que ha sido minada y cuestionada, y una estructura del poder público que no alcanza a traducir en buen gobierno las aspiraciones de bienestar de los ciudadanos. En conjunto, el sistema político se encuentra lejos de alcanzar la finalidad primordial del Estado liberal: identificación entre República y democracia.
La clave del México de hoy es que el inventario de respuestas conocidas a los problemas habituales ha dejado de tener vigencia y es necesario con urgencia inventar nuevos. Pero aún no nos sacudimos la arteriosclerosis. El miedo, esa emoción determinante del atraso de los pueblos, paraliza a gran parte de nuestra elite política. La inhibición para mirar y, peor aún, caminar en lo desconocido ha hecho presa de nuestro espíritu en el tiempo. Urge, entonces, afinar la mirada estratégica en el contexto internacional para situar la modulación del desarrollo del Estado.
En América Latina, la democracia se ha abierto paso en la cultura colectiva solamente hasta cierto punto: aquel que permite hacer lugar a los valores liberales sin comprometer los arraigados sentimientos nacionalistas o católicos que impiden una secularización plena. Asimismo, los datos duros de la desigualdad y la pobreza (aunque en varios casos se hayan paliado), desafían a los sistemas políticos con exigencias de justicia social que los rebasan o los rebasarán a menos que logren construir una relación de nuevo tipo entre Estado y sociedad.
Por causa de dictaduras o sacudimientos turbulentos, la mayor parte de las naciones latinoamericanas, con los extremos de Costa Rica y Cuba (una democracia y otra dictadura, ambas cincuentenarias), han pasado por cúmulos de experiencias que han moldeado su parecer respecto de las decisiones que deben tomar con sus destinos, que los han hecho ágiles a la respuesta, inclusive al riesgo.
Bolivia y Ecuador son casos de apuesta política de riesgo extremo. El presidente Rafael Correa fue elegido en una sublevación contra la ""partidocracia"" (allá también le llaman así), y bajo la percepción mayoritaria de la quiebra de las instituciones públicas. Hoy recibe la solidaridad del pueblo pero también la soledad institucional, y espera que la respuesta social para elegir una Asamblea Constituyente, que recibe la acusación de violentar procedimientos democráticos, le dé la autoridad necesaria para rehacer el sistema político. El peligro: la concentración de poder en el presidente puede ser irreversible, y la Asamblea convocada, la legitimación de un autoritarismo más.
El caso de Bolivia se mira, por ahora, aún más preocupante. Mientras que en Ecuador Correa cuenta por ahora con un amplio respaldo social, Evo Morales hace frente a una división política expresada territorialmente y que puede desembocar en el secesionismo de una nación ya fragmentada entre el altiplano pobre pero políticamente dominante y las ricas regiones orientales donde se asientan las bases más fuertes del poder económico.
Venezuela, por su parte, ha dado pasos que la alejan de la democracia ""liberal"" (zexiste otra?), y desde la concentración inaudita del poder del Estado en el presidente, orienta los recursos nacionales hacia lo que algunos han llamado una ""utopía regresiva"".
En el Cono Sur de América quedan Chile, Argentina y Brasil. El primero ha mantenido una sólida conducta republicana a pesar de los límites de la alianza gobernante en la que fuerzas de centro-izquierda y centro-derecha, después de 17 anos de ""cohabitación"", tienden a desprenderse para competir por la aplicación de programas diferenciados de políticas públicas. No obstante, al haber introducido la segunda vuelta en la elección presidencial, aseguran que el jefe del Estado, en todo caso, represente el voto mayoritario con o sin mayoría congresual.
En Argentina, el presidente Kirchner ha conseguido una popularidad sin precedentes gracias a una administración económica exitosa que sacó al país de la peor crisis de su historia. Por lo mismo, adquiere una centralidad política que lo acerca a la tentación de desplazar y controlar a los otros poderes del Estado, el Legislativo y el Judicial, a más del provincial.
Finalmente, en Brasil, Lula ha mantenido un respeto intachable a las instituciones democráticas en equilibrio de poder. Gracias a su posición privilegiada proyecta, desde la estabilidad política, los perfiles de un nuevo liderazgo regional ofrecido no solamente por su preponderancia en el Mercosur, sino por su proyección como líder regional en la producción de combustibles no fósiles, situación que lo enfrenta a Venezuela como contrapeso económico y estratégico.
Si hubiese que extraer de estos ejemplos una conclusión que fuese útil para México, podría resumirse así: la presencia de estructuras democráticas no asegura una relación estable entre ellas y el orden republicano. La recurrencia a fórmulas plebiscitarias y carismáticas puede dar origen a su separación. Pero hay que observar que si la República reduce la democracia a un club privado, aleja el Estado de la sociedad y da pie a la aparición de providencialismos. He ahí el dilema: divorcio o matrimonio entre República y democracia. Y en el centro del dilema, la pregunta: zse puede alcanzar el bienestar general, la dignidad de la vida de la mayoría, con gobiernos democráticos y, a la vez, republicanos? [email protected] * Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.
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