De la industria de la construcción a ampáyer

De la industria de la construcción a ampáyer

Durante la semana, don Humberto Gómez Cruz trabaja en la industria de la construcción, es tablarroquero, pero cuando llega el fin de semana cambia los pantalones sucios por el uniforme que impone respeto y autoridad.

Desde hace 31 años, don Humberto ejerce la profesión de ampáyer o árbitro de Softbol, actividad que encontró por casualidad pero que se ha convertido en este tiempo en su gran pasión y a la vez, en una verdadera opción para llevar un ingreso económico extra a su hogar.

El Pueblo Mágico de San Cristóbal de las Casas vio nacer al chiapaneco el 18 de abril de 1951. Ahí vivió parte de su infancia y adolescencia. Radica en Tuxtla Gutiérrez desde hace 41 años, es casado y tiene hijos.

El veterano de 66 años forma parte de un grupo de al rededor de 14 ampáyeres —de los cuales tres más son veteranos y el resto lo conforma una nueva generación—, pertenecientes a la Liga de Softbol de Tuxtla Gutiérrez, un deporte muy parecido al Beisbol pero que difiere en cuanto al tamaño de la bola, la forma del bate, el tamaño del campo, así como en algunos puntos del reglamento de ambos deportes.

Ellos se encargan de hacer valer el reglamento dentro del campo, algo que en los últimas tres décadas don Humberto ha llevado a buen puerto. “Jugué por 30 años Beisbol, luego me invitaron a ser ampáyer. En un principio no quería, pero el amigo que me invitó fue mi maestro, él me enseñó y gracias a Dios aprendí y aquí estamos”, nos dice Humberto con cierta añoranza.

Comenta que jugó todas las posiciones que tiene el Beisbol, menos la de pícher, y asegura que de haber tenido mayores oportunidades, habría llegado a ser profesional. “De mi familia a nadie le gustó jugarlo, a mí me encantó, es mi deporte favorito, jugué en San Cristóbal desde la primaria. Hacía mis guantes y mi pelota de trapo”, expuso.

Fue en el estadio de Beisbol Panchón Contreras donde empezó como ampáyer de ese deporte; sin embargo, al terminar los torneos, a Gómez Cruz se le presentó la oportunidad de continuar como árbitro, pero ahora de Softbol. Humberto Gómez encontró en esta actividad una oportunidad para llevar una entrada extra a su casa, aunque asegura que se desempeña en esto más por amor al deporte.

Sin embargo, no deja de reconocer que el dinero que obtiene en cada partido le genera un ingreso más para su familia. Por cada partido que cubre, el chiapaneco recibe 150 pesos. “Ya ganamos un poquito más, antes, como en los 80, ganábamos 12 pesos por partido”, recuerda.

El fin de semana son los días para disfrutar en familia, y para Humberto ha sido difícil tener dos profesiones. “En un inicio se enojaban porque no pasaba más tiempo con ellos; pero esto es mi vida, el Softbol y ser ampáyer. Afortunadamente y gracias a Dios ya lo entienden, ya no se molestan”, relata.

Como tablarroquero hay días en que a don Humberto le va bien, y otros prefiere nada más olvidarlos, como en todo negocio, asegura. Asimismo, señala que al igual que en el oficio de la tablarroca, ser ampáyer tiene sus dificultades, pues tienen tres enemigos: el público y los dos equipos.

“A veces no les gusta cómo le marcamos el ‘strike’. Hace años a un cácher no le gustó que le marcara el ponche y terminando el partido me vino a agredir, pero somos humanos y claro que nadie se deja”, comenta.

De igual forma, asegura que estar activo en cada partido y en general hacer deporte lo ha mantenido bien de salud, y comenta que ser fuerte y tener la sangre fría es lo que ayuda a ser un buen ampáyer, además de conocer y estudiar bien el reglamente, ya que en el Softbol las reglas cambian cada año.

A Humberto Cruz se le ve cada fin de semana desde temprano, listo para su llamado a hacer valer el reglamento dentro del campo. Considera que esta profesión deportiva es noble, y aconseja a quienes la practican que la valoren y no la hagan tanto porque es remunerada sino por pasión y gusto.

La edad nunca ha sido un obstáculo para don Humberto, al contrario, pues conforme avanza el tiempo, la pasión de ser ampáyer aumenta, por lo cual espera seguir ejerciendo hasta que la vida se lo permita.