"Los Ángeles * AP. No se sabe lo que pasó con los Lakers en el vuelo de regreso de Boston hacia Los Ángeles. Desconocemos si en el trayecto de regreso los jugadores recibieron inyecciones de energía Zen o si hubo algún tipo de danza ritual que le permitió al roster de Phil Jackson girar su imagen 180 grados.
Lo cierto es que los Lakers lucieron como un equipo de campeonato. Parece mentira, pero hace sólo 48 horas, jugadores, entrenadores, fanáticos y periodistas se preguntaban cómo podía ser posible que un equipo tan rico de recursos como los angelinos dependiera sólo de lo que podía hacer o dejar de hacer Kobe Bryant. El martes fue una situación completamente distinta. Seguramente las palabras de Phil Jackson en el vestuario del Staples Center antes de comenzar el sexto juego sirvieron para sumergir nuevamente a los Lakers en el río de la humildad y el sacrificio. Observaron a su rival y como un juego de espejos absorbieron todo lo bueno de ellos para imprimirlo en la cancha: desde la defensa y la intensidad, el coro angelino alcanzó la estratosfera con un brazo, mientras que usó el otro para aplastar a su rival hacia el centro de la tierra.Juntos, es todo más fácil. Porque el Basquetbol es un deporte de equipo, y cuando se encienden muchas luces, es más sencillo distinguir el castillo del rey en la colina.
Si observamos los números, veremos que Bryant volvió a jugar un partido de altísimo nivel -26 puntos, 11 rebotes y cuatro robos, siendo el cuarto jugador en la historia de Finales de NBA en alcanzar esas marcas (Scottie Pippen en 1991, George McGinnis en 1977, y John Havlicek en 1974)-, pero los Lakers no ganaron por su escolta estrella. Mejor dicho, Kobe volvió a ser el faro que iluminó a su caballería, pero la apabullante victoria se dio por el esfuerzo colectivo: cada gota de sudor hizo ver el vaso medio lleno a medida que corrían los minutos.
""Queremos llevarnos todo lo que hicimos hoy al séptimo partido, y entonces pienso que estaremos en una muy buena posición de ganar"", dijo Gasol. ""Cuando llevas la intensidad que tuvimos hoy, buenas cosas pasarán"".
Sigue siendo un punto muy destacable la defensa de Tony Allen sobre Bryant. El escolta de Lakers anotó 20 de 26 puntos en el primero tiempo, pero no hizo ninguno cuando el especialista defensivo de Boston estaba en cancha. Cuando Tony Allen defendió a Kobe, el número 24 se fue con 1-7 en 26 posesiones. Como diría el célebre Álvaro Martín, lo tiene medido como un sastre.
El departamento de estadísticas de ESPN nos informa que la distancia de 22 puntos del equipo angelino es la más larga para forzar un séptimo partido desde que los Bullets vencieron a los Supersonics por 25 puntos en 1978 -curioso: hoy no existen más ni Bullets ni Supersonics-. Y lo más interesante aún tiene que ver con los 67 puntos de los Celtics, ya que es su mínimo en la historia para un partido de Finales de NBA.
No es casualidad que los Celtics hayan lanzado sólo un 33.3% en tiros de campo (28-84). Ni tampoco es azaroso que Boston haya fallado tanto a cinco pies del aro, lanzando 12-26 (46.2%), fallando un increíble número de 12 bandejas sobre 22 intentos.
En tres cuartos, agrega el Elías Sports Bureau, de diez Celtics que lanzaron al menos un tiro de campo, sólo cuatro de ellos anotaron: Rajon Rondo (5-15), Ray Allen (6-12), Paul Pierce (6-13) y Kevin Garnett (6-14). De hecho, esos cuatro jugadores anotaron los 51 puntos que los Celtics hicieron en tres cuartos. El resto del equipo estuvo a 0-9 en TC y 0-2 desde la línea de personales.
Es cierto que la lesión de Kendrick Perkins fue determinante para Boston, sobre todo para defender, para luchar los rebotes y para abrir espacio en la llave a Kevin Garnett y Glen Davis en ofensiva. Pero no podemos restar mérito al excelente trabajo de los Lakers para potenciar su segunda unidad y barrer todo lo que intentaron los suplentes celtas. La batalla de las segundas unidades quedó en manos de los angelinos 25-13, pero debemos decir que, cuando el partido era aún partido, el equipo dirigido por Phil Jackson llegó a estar 24-0 arriba en ese apartado.
Volvamos a los rebotes: la única tendencia en esta serie de finales es que quien domina los tableros gana el partido. No fue la excepción en la noche del martes, ya que los Lakers no ganaron, sino que acribillaron a su rival en este apartado. Vencieron 52-39 y por momentos parecía un duelo de gigantes amarillos contra hongos verdes. Toda la energía que habíamos visto de los internos Celtics en los partidos anteriores se esfumó en segundos como un grafiti de agua sobre piedra.
Incluso, el equipo angelino no sólo fue intenso para defender sino también inteligente. Mejoró mucho el trabajo en los atrapes 2-1 como también la velocidad para cubrir los cortes procedentes del lado débil, principalmente los de Ray Allen y Rajon Rondo.
Hay dos jugadores en esta serie que mueren en un juego y vuelven a nacer en el siguiente como el Ave Fénix: Lamar Odom y Ron Artest. El primero saltó desde el banco para aportar ocho puntos y 10 rebotes, y el segundo fue titular y colaboró con 15 puntos -3-6 en T3- y seis rebotes. Cuando este dúo está encendido, los Lakers no caen jamás en la complacencia: son dos cosas que se mueven en veredas distintas. Vale también decir que Pau Gasol se quitó la tierra del brazo de un soplido y, con 17 puntos, 13 rebotes y nueve asistencias hizo olvidar las críticas recibidas hace sólo 48 horas. Cuando el ala-pivote español funciona y los Lakers se imponen en la pintura, no hay fórmula que funcione para su rival. Y si algo le faltaba a los Lakers para cerrar el partido perfecto bajo presión, fue limitar el ataque en transición de los Celtics, un arma fundamental para marcar diferencias. Si Boston no corre, pierde mucho de su poder. El martes, el roster angelino ganó 10-9 en ese apartado, y si bien la diferencia a favor fue mínima, lo importante no es lo que LA hizo sino lo que impidió hacer.
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