Desde la Tribuna

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La influencia tóxica

Déjenme contarles mi experiencia. El martes fui muy emocionado al Azteca a ver por primera vez a la selección mexicana en un partido oficial desde que visitaron Chiapas hace 15 años.

El estadio estaba repleto: más de 80 mil personas apoyando a México por un puñado de hondureños por ahí regados. La afición hizo su papel: aplaudiendo cada acierto de los verdes, abucheando y chiflando cada que la tenía el rival, pidiendo a gritos a “Chino” y “Santi”.

Claro que hubo momentos de desesperación, y fue lamentable cuando apareció el grito homofóbico. La gente no solo no entendió cuando apareció en la pantalla que se podría suspender el partido si seguían, sino que lo tomó como un reto y empezó a gritar más. Tuvimos fortuna de que el árbitro se “sordeara” y no decidiera terminar el encuentro antes de tiempo. Eso sí, cayó el empate y el grito se olvidó.

Al final, ganamos, apenas, pero ganamos. Pasamos a la Copa América y al Final Four de la Nations League. La gente alrededor estaba contenta pese al frío, la lluvia y que casi era medianoche. No escuché ninguna queja, ningún reclamo a los jugadores.

Aplaudimos las jugadas, festejamos los goles, vitoreamos al equipo al final. ¿Fue un partido perfecto? No, ni cerca, pero al menos todos (según lo que percibí) salimos contentos del Coloso de Santa Úrsula.

Imaginen mi sorpresa cuando, llegando a casa, casi todos los comentarios apuntaban a un robo en despoblado de la selección mexicana a los pobrecitos hondureños.

¿Qué? ¿A qué hora? ¿Cómo puede cambiar tanto la influencia de la gente que vio el partido con sus ojos a los que lo vieron por la tele? Pues eso: la influencia de la transmisión, sea en Azteca o Televisa, además de las benditas redes sociales, fue lo que convenció a muchos de que se trató de un robo.

¿Realmente fue tal? La cuestión con esto y muchos temas es que la gente cree lo que quiere creer, y pasa por alto la realidad y los datos. Los hondureños hicieron el partido que tenían que hacer: perder tiempo, tirarse al piso, jugar “cancheros”. Los nueve minutos añadidos hasta se me hicieron pocos, y ya en tiempo añadido se perdieron fácil otros tres más por catrachos “lesionados”. El empate cayó a los 10 minutos de reposición, cierto, pero fueron 10 minutos bien añadidos y hasta todavía se jugó más.

Después vienen los penales repetidos de Huerta. Puede sonar absurdo, pero si un portero se adelanta de la línea y ataja el penal, se tiene que repetir aunque sean cien veces seguidas. Menjivar se adelantó, y estuvieron bien repetidos. Además, después de ese penal, Honduras falló el suyo, lo que significa que el siguiente tirador mexicano hubiera también tenido chance de ganarlo con todo y que no se hubiera repetido el penalti de César Huerta.

Si solo leen o escuchan “México ganó con un gol al (minuto) 101, con un hombre de más y gracias a que repitieron dos veces el penal que César Huerta había fallado”, es lógico que muchos se rasguen las camisetas. Pero genuinamente todas esas decisiones arbitrales estuvieron bien, y hasta sentíamos muchos que el árbitro, de hecho, se cargó del lado visitante.

¿Notan la influencia negativa de la tele y las redes? ¿El cómo dirán mentiras y exagerarán algo normal con tal de generar polémica e interacciones?

Podría venir a decirles que fue un escándalo, que somos una vergüenza y que Honduras merecía ganar y les robaron… pero les estaría mintiendo.

La percepción desde el estadio fue totalmente distinta a los que prendieron la tele, y eso se convierte en un círculo vicioso: la gente busca la polémica, las redes y los medios se los dan, lo cual genera más toxicidad… y así por siempre.

Nada nos gusta, ni cuando ganamos bien y de forma dramática. A todo le buscamos un pero y una teoría conspirativa, y solo enojados estamos contentos.

El sábado ya hablaré del partido en sí, de mi percepción del Azteca y un poco de Liga MX, pero por ahora solo les pido, de favor, que no se dejen influenciar tan fácil.

¡Hasta la próxima!

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