La vuelta al viejo 2004 en cinco continentes

"Madrid * EFE. Los Juegos de Atenas fueron el acto central del 2004, con el añadido simbólico del retorno a su lugar de origen. Ciento ocho años después de inaugurar el olimpismo moderno, la capital griega se convirtió en el escenario de la mejor obra de la historia olímpica, con sus héroes y dioses, sus tragedias y epopeyas.

Hubo más mundos en el año de Atenas. El de Lance Armstrong y su sexto Tour en medio de nuevas acusaciones de dopaje, el de Roger Federer y su implacable dominio en el circuito tenístico, el del Real Madrid y su desmoronamiento absoluto en dos meses o el de Diego Maradona, que se situó otra vez al borde del abismo. Durante dos semanas de agosto, Atenas reunió a más de diez mil atletas, actores privilegiados detrás de la corona de laurel con que se distinguía a los campeones de la antig¸edad. En el libro de oro de la memoria, sin embargo, sólo perdurarán los protagonistas de las grandes gestas y, en menor medida, los de los estrepitosos fracasos. Hicham el Guerruj, Michael Phelps, Kostas Kenteris, Marion Jones.

Atenas encumbró definitivamente a El Guerruj y lo liberó de la maldición que le perseguía desde la cita de Atlanta'96. El mejor mediofondista de la historia fue víctima entonces de un tropezón en la final de 1.500 cuando parecía el más poderoso y cuatro años después, en Sydney, de una estrategia de equipo que permitió a un keniano de gloria efímera, Noah Ngeny, arrebatarle el oro en los últimos diez metros.

El marroquí, varias veces campeón y plusmarquista mundial, había dado síntomas de debilidad durante alguna carrera en los meses previos a la cita olímpica e incluso perdió su imbatibilidad. Las dudas se despejaron en dos jornadas de gloria. En su distancia favorita resistió el acoso desesperado de Bernard Lagat en un hectómetro final épico y en 5.000 solventó de forma inédita, al sprint, su duelo con los etíopes.

Hicham el Guerruj se ciñó dos coronas y apagó en gran medida al resto de héroes del estadio. Kenenisa Bekele entre ellos. El etíope convirtió la final de 10.000 en un festín en el que guardó fuerzas para darse un homenaje en el epílogo que constituyó una última vuelta enloquecida en menos de un minuto. Pero la gloria absoluta fue para el ídolo panárabe: ""Hicham es el más grande"".

Michael Phelps se propuso en los Juegos una empresa digna de Hércules. Al contrario que el héroe tebano no la superó, pero demostró que era factible. Se quedó a una medalla de oro de las siete que consiguió Mark Spitz treinta y dos años años antes en Munich. El estadounidense fue el protagonista de la natación con sus seis títulos olímpicos y dos bronces.

Las divinidades crepusculares tuvieron nombre local. Costas Kenteris y Ekaterini Thanou representaron una tragicomedia ridícula para evitar lo que hasta entonces habían conseguido siempre. Ambos, avisados, huyeron de la villa olímpica minutos antes de ser requeridos para un control antidopaje, simularon un accidente de moto y acabaron la función teatral en un hospital. Kenteris y Thanou decidieron no participar en los Juegos antes que someterse a análisis. Sus marcas, medallas y títulos llevan el sello del fraude.

Marion Jones, implicada por terceros en una trama de dopaje de alta tecnología, al menos tuvo el valor de acudir a la pista. De la arrolladora velocista y saltadora de Sydney, donde ganó cinco medallas, tres de oro, pasó a ser una actriz de reparto. Salió de Atenas con un vulgar quinto puesto como logro y sin razones convincentes que justificasen su repentina decadencia.

La cuarta versión olímpica de la NBA pasó a la historia por emborronar su inmaculado registro. Estados Unidos presentó una simple adición de jugadores de talento, narcisistas sin remedio. Esta vez no fue suficiente. Desde que en 1992 se restableciera la normalidad olímpica con la incorporación del primer y único ""Dream Team"", el oro estaba fuera de discusión. Hasta Atenas. El acierto de Stephon Marbury contra España les evitó el oprobio de jugar por el séptimo puesto.

El Real Madrid encara el final del ejercicio sin nada relevante que consignar en el haber salvo los ingresos. El primer año con David Beckham, el propulsor principal del Madrid mercadotécnico, finalizó con aires de cataclismo, sin títulos y ofreciendo una sensación de desamparo absoluto en el tramo final de la campaña, donde lo perdió todo.

El modelo tuvo que desnaturalizarse a la fuerza. Florentino Pérez despidió a Carlos Queiroz, básicamente un contemporizador, y entregó su lujosísima plantilla a José Antonio Camacho, un proletarizante, después de ser ratificada su gestión presidencial de forma abrumadora por los socios pese al desastre. Tuvo, sin embargo, que claudicar por imperativo estratégico en su política de refuerzos.

El Real Madrid asedió en el verano a Patrick Vieira, un medio defensivo, y sufrió el primer rechazo palpable de la nueva era. Fichó a precio galáctico a Walter Samuel, ""El Muro"", un central con aspecto de cuatrero hasta ahora permeable y enfilado por los seguidores, y a Jonathan Woodgate, un misterio de 20 millones de euros lesionado desde abril y que tal vez en febrero sea dado de alta.

El galáctico anual fue en esta ocasión un sucedáneo, Michael Owen. El mejor defensa de América, el mejor defensa de Europa y un Balón de Oro, según Florentino Pérez, añadidos a la nómina galáctica. No fue bastante como para retener a Camacho, que adimitió sin explicaciones solventes al primer contratiempo. Los problemas del Real Madrid, un año más, siguen siendo los mismos.

Un año más Lance Armstrong ganó el Tour y en esta ocasión superó el récord de victorias con seis. Si fue con todas las de la ley es un enigma, pues las acusaciones veladas de dopaje, un fenómeno que le acompaña desde prácticamente su primer triunfo en el Tour de Francia, se intensificaron con la publicación de 'L.A Confidential' basado en testimonios de una ex masajista del US Postal.

La metamorfosis de Armstrong sigue siendo una incógnita. La enfermedad convirtió a un gregario con clase en un ciclista indestructible para el que el Tour pasó a ser algo parecido a un juego. Conforme han ido transcurriendo las ediciones desde hace seis, ganar la carrera francesa era quedar segundo. Un dato hasta ahora incontestable: quienes dudan de la pureza de sus triunfos, y en el mundo del ciclismo no son pocos, carecen de pruebas.

El 2004 ha sido el año en que Roger Federer trasladó el mundo del tenis a otro planeta. El suizo se ha convertido en un jeroglífico indescifrable para el resto de tenistas, en especial por su dominio de todo tipo de superficies y de todos los lances del juego. Sus cifras son elocuentes: 74 victorias en 80 partidos con once títulos, entre ellos Wimbledon, Australia, Estados Unidos y la Copa Masters.

Puesto que en apariencia es humano, Federer perdió seis partidos, dos de ellos dolorosos, ya que le apartaron del único grande que le falta (Roland Garros) y del título olímpico en Atenas. Gustavo Kuerten, Thomas Berdych, Albert Costa, Rafael Nadal, Dominik Hrbaty y Tim Henman fueron los elegidos. En el tenis, con todo, Roger Federer es un mundo aparte.

Diego Maradona estuvo cerca de llevar este año a término su proceso autodestructivo. Llegó en marzo a Buenos Aires desde su refugio terapéutico cubano con aspecto no demasiado saludable ""para descansar dos semanas"". Después de ese plazo, Maradona acabó en la unidad de cuidados intensivos de un hospital.

El resto es una historia sórdida. Después de varios días en estado crítico, Maradona abandonó el centro sin alta médica, fue puesto bajo tutela judicial para ser protegido de sí mismo, se entrevistó con el presidente argentino, Néstor Kirchner, a quien pidió su mediación para abandonar el país, imploró ante las cámaras ayuda para regresar a Cuba y el 20 de septiembre logró su propósito.

Un estricto programa d"