La Lucha Libre mexicana es un cúmulo de atributos, principalmente es un deporte, pero sin dejar de lado el arte, espectáculo y hasta enigma, que también lo conforman, gusta a chicos y grandes y hasta sirve de terapia, para olvidarse de todo.
Esta disciplina recién fue nombrada Patrimonio Cultural de la Ciudad de México y no solo es un deporte, es un misterio y atracción por las máscaras que la mayoría de sus máximos exponentes han ocupado por décadas.
Nombres sobran, de los más memorables El Santo y Blue Demon, dos luchadores que brillaron más allá del cuadrilátero, ocuparon espacio en el séptimo arte, todo inició con la Bestia Magnífica y su auge se dio entre los años 60 y 80.
El 21 de septiembre de 1933, la Catedral del pancracio, la Arena México, abrió sus puertas para la primera temporada con una lucha entre Yaqui Joe y el estadunidense Bobby Sampson. Días más tarde, el 30 de octubre, Lutteroth y profesor Gonzalo Avendaño fundaron la primera Escuela de Lucha Libre y se mexicanizó la cartelera.
En 1952 se desarrolló la denominada Pelea del Siglo: El Santo contra Black Shadow, quienes tuvieron una histórica rivalidad desde alrededor de cinco años atrás. La lucha fue máscara contra máscara y el Enmascarado de Plata se quedó la tapa de su rival.
Este deporte y fascinación fue creado desde 1910, dicen los expedientes, con Enrique Ugartechea, denominado el primer luchador mexicano; sin embargo, Salvador Lutteroth fue el principal visionario para explotar esta disciplina y volverla una representación nacional.












