Un mosaico cultural| deportivo e histórico

"Alemania * EFE. El atractivo de Alemania para el viajero va mucho más allá de las doce ciudades que acogerán el próximo Mundial de Futbol. Es ésta una tierra de infinitos contrastes: la Selva Negra, Renania, los Alpes bávaros, Sajonia y Turingia, la costa báltica, lugares que, no quepa duda, merece la pena descubrir. Con una superficie equivalente al 9% de la Unión Europea (más de 357.000 kilómetros cuadrados; el cuarto mayor país, tras Francia, Espana y Suecia), resulta difícil, por no decir imposible, ni obviando las sedes del Mundial (con la capital, Berlín, y Múnich a la cabeza), enumerar todos los encantos que Alemania ofrece al visitante.

Pero si hubiera que senalar como parada obligada uno de los dieciséis Estados que integran este país de casi 83 millones de habitantes (el más poblado de la Unión), ése sería, sin duda, la rica Baviera, en el vértice suroeste, junto al límite con Suiza, Austria y la República Checa. Precisamente junto a la frontera austriaca está el destino por excelencia para quienes eligen Alemania como destino vacacional, sean o no extranjeros: los Alpes bávaros, a unos 95 kilómetros al sur de Múnich. Puestos a elegir, no erraríamos escogiendo como centro de operaciones para explorar esta zona la localidad de Garmish-Patenkirche, equivalente muniqués en las altas cumbres -aunque tenga poco de metrópolis-, acostada a los pies del techo de Alemania, el Zugspitze, de 2.962 m de altura. Lejos de las vertiginosas cotas del Mont Blanc, en los Alpes franceses (4.807 m), pero suficiente para hacer las delicias de los amantes del Esquí: en la zona se reparten una quincena de estaciones, entre las que destacan las de Garmish-Patenkirche, Mittenwald y Oberammergau.

Adem*s, la región ofrece una amplísima oferta deportiva para disfrutar m*s all* del invierno: Tenis, Natación, Vela, Golf... y todas las variantes imaginables del senderismo y la escalada, en un entorno de insuperable belleza, jalonado por valles y escarpadas montanas, bosques y lagos, muchos lagos. Para reponer fuerzas, no faltan los balnearios. Y los más comodones podrán disfrutar del paisaje sin mover un músculo gracias a la Deutsche Alpenstrasse, la carretera alpina alemana; más que una carretera, una red de autopistas que va desde la isla-ciudad de Lindau, (en el majestuoso Lago Constanza, al oeste) hasta la frontera austriaca, en un espectacular itinerario de 485 km de recorrido. Es ésta una de las rutas turísticas más antiguas de Alemania -quizás por ello también una de las más masificadas-, pues en ella se encuentra una de las joyas bávaras: los palacios y castillos que en el siglo XIX mandó construir el rey Luis II, apodado ""El Loco"", entre los que destaca el grandioso, fantástico, onírico -no hay tópico que haga justicia a este lugar- Neuschwanstein, uno de los monumentos más famosos de Alemania y una de sus postales características.



Hacia Baden Wurtemberg

Dejamos de lado otros parajes de Baviera, como el bosque bávaro (al norte), Franconia (también en el norte; allí está la excelentemente conservada Ratisbona, una de las pocas supervivientes de los bombardeos aliados de la II Guerra Mundial) o la Ruta Romántica (de la que forma parte el citado Neuschwanstein, con numerosos pueblos medievales como Wurzburgo), para adentrarnos en el vecino Estado de Baden-Wurtemberg, en la esquina suroeste de Alemania, junto a la frontera con Suiza y Francia. Allí, en el ondulado territorio comprendido entre Karlsruhe y el límite suizo, con una extensión equivalente a la de la capital de Ecuador (unos 12.000 km cuadrados), está otro de los destinos turísticos alemanes por excelencia: se trata de la Selva Negra, las montanas de media altura más conocidas del país (su pico más alto es el Feldberg, con 1493 m de altitud). Su nombre se lo atribuyeron -se dice- los romanos, en alusión a la oscuridad que envuelve a quien atraviesa sus bosques. Pero que nadie se lleve a engano: la tierra natal de Hermann Hesse (nació en Calw, una de las localidades más pintorescas de esta región) tiene poco de tenebrosa. Un clima benévolo (nada que ver con el gélido invierno berlinés), una rica herencia histórica (Friburgo y su catedral son visita obligada) y una naturaleza explosiva permiten una inagotable variedad de posibilidades para los amantes del turismo activo. Y también para quienes busquen reposo para el cuerpo, el alma y lo que corresponda, gracias a la belleza del entorno y a los más de treinta balnearios que allí se reparten, como el de Baden-Baden, el predilecto del temible emperador romano Caracalla; carísimo, eso sí. Si de lujos se trata, los más sibaritas podrán poner a prueba su suerte en el famoso y suntuosísimo casino de esta localidad, o -apuesta segura- deleitarse con la gastronomía y los ricos vinos y licores de la región.



Vinos y otros manjares

Pero hablar de vinos en Alemania es referirse sobre todo a los caldos criados en los ricos valles del Rin, principal vía fluvial de Europa, su afluente el Mosela, y, en menor medida, otros como el Nahe, el Lahn y el Ahr. Aunque el curso del Rin es una ruta en sí misma (nace en el Lago Constanza, en el sur, y es el río más largo del país, con 865 km de recorrido en su parte alemana), el itinerario turístico más conocido y espectacular es el que va desde Bingen hasta Coblenza, con parada y fonda en Tréveris (la ciudad más antigua del país, data del 2000 a.C.), Rheingau (allí se producen los mejores vinos alemanes), Maguncia y Aquisgrán. Estas dos últimas, y en especial Aquisgrán, son de paso obligado para quien pretenda sumergirse en el legado arquitectónico del emperador Carlomagno y el Sacro Imperio Germánico. Pese a la sobreexplotación turística, la ruta del vino es una buena forma de conocer la rica región de Renania, a caballo entre el lander de Renania-Palatinado y el sur de Renania del Norte-Westfalia, ambos al oeste, junto a la frontera con Francia y el Benelux. Hablamos de una tierra de belleza serena, de un paisaje conformado por vinedos dispuestos en inclinadísimas terrazas, amplios bosques, enormes castillos y pequenos pueblos vinícolas.

Y ya que hablamos de vinos y otros placeres, sería un pecado obviar que Alemania entera es universalmente conocida por su cerveza y sus salchichas. De la primera es posible encontrar más de 5.000 variedades, algo normal en un país en el que el culto a este brebaje roza lo sagrado, con una ley de pureza promulgada en 1516 -y aún vigente- que establece qué ingredientes deben utilizarse para su fabricación: cebada malteada, agua, lúpulo y levadura. Así, se evita el uso de aditivos y de derivados de otros productos cuya fermentación es más barata. El resultado es una enorme y sabrosa variedad de cervezas, desde la Pilsen, amarga, rubia y con poco lúpulo (la más popular), hasta la Export (típica del norte), con mayor cuerpo que aquella y un sabor más seco, aunque no tan dulce como la Munich. En Dusseldorf y el Bajo Rin se bebe la cerveza Alt, de color ámbar y un sabor ciertamente amargo; en Colonia, la Kölsch, rubia y con más lúpulo. En el sur predomina la cerveza clara Helles o Lager, más rica en malta, y la Weisbier, más densa y con un aroma afrutado.

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