"MdeR. * CP. Hace un siglo, una década y un lustro, es decir, hace 115 años, se realizó la primera proyección comercial realizada por los hermanos Lumière, inventores del proyector cinematográfico. Ese suceso marca el nacimiento del cine tal y como se conoce en la actualidad, y al igual que en esa ocasión, se trata de un invento que sigue maravillando al mundo.
La historia del cine se remonta a 1892, cuando los hermanos Auguste Marie Louis Nicolas Lumière y Louis Jean Lumière empezaron a trabajar en la posibilidad de imágenes en movimiento. Ellos nacieron en Besançon, Francia, pero crecieron en Lyon. Su padre, Antoine Lumière, tenía un taller fotográfico y ambos hermanos trabajaban con él, Louis como físico y Auguste como administrador. Louis hizo algunas mejoras en el proceso de fotografías estáticas.
Los hermanos Lumière patentaron el cinematógrafo el 13 de febrero de 1894. Así que el 28 de marzo de 1895 mostraron en París, en una sesión de la Société d'Encouragement à l'Industrie Nacional, la conocida ""La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir"" (Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir), rodada tres días antes. Los comentarios de la época señalan que los espectadores quedaron asombrados ante aquellas imágenes que pasaban ante sus ojos.
Tras diversas presentaciones en sociedades científicas, en la Universidad de la Sorbona, en Bruselas y otros lugares, los Lumière organizaron la primera sesión exhibida para un público comercial. Así, a finales de 1895 en París, en el Salón Indien del Grand Café, en el Boulevard des Capucines, se proyectaron varias cintas.
Para tener una cabal idea de la impresión recibida por el público es preciso situarse en ese mundo de hace más de un siglo, en el que no existía la imagen en movimiento. Grabados, cuadros, fotografías: reproducir el mundo significaba detenerlo, convertirlo en algo inmóvil, en el recuerdo de un gesto.
La estampa otoñal de una calle, un grupo familiar frente a un plácido jardín burgués, un atardecer al borde del mar. Tan sólo cincuenta años antes, el hombre había aprendido a reproducir mecánicamente la realidad tal y como la vemos mediante fotografías.
Pero lo que los hermanos Lumière hicieron fue dar un paso más en la revolución de la imagen. Según las crónicas de la época, en aquella lujosa avenida de la capital francesa, esa tarde, se concentró un pequeño grupo de gente ante la puerta de un local en el que se anunciaba la presentación de un nuevo invento. Su escueto anuncio decía: ""Cinematógrafo Lumière. Entrada 1 franco"". De entre todos los paseantes, treinta y tres fueron las personas que se dejaron arrastrar por el enigmático cartel.
Cuando se sentaron en la sala, se apagaron las luces. Algo ronroneó en el silencio y apareció una imagen en la tela. Una proyección. La vacilante imagen de una estación de tren. Por unos breves instantes, nada de lo visto resultó innovador a los ojos de la audiencia, pues en los últimos años ya se conocían linternas mágicas capaces de proyectar fotografías en las paredes.
Pero esta magia nueva escondía otra magia. De repente, ante los ojos atónitos del público, todas las figuras que poblaban la estación no solamente temblaban en la blancura de la pantalla, sino que también se movían. Aquellas figuras fotografiadas miraban a izquierda y derecha esperando la llegada del tren. Llegó entonces el momento cumbre. Del fondo de la imagen surgió una locomotora, avanzando lentamente en dirección a los presentes. Algunos de ellos, realmente asustados, saltaron de sus asientos y se precipitaron hacia la salida.
Los asustados no volvieron hasta que se les garantizó que la locomotora se había detenido en la estación. La impresión de realidad de aquellas breves imágenes había sido tan fuerte que salieron del local presos de una nueva excitación: habían asistido al nacimiento de algo nunca visto, un espectáculo singular que no ha dejado de fascinar a sus seguidores desde el mismo día de su nacimiento.
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