Academias: el reto de lograr apoyos

Academias: el reto de lograr apoyos

De 2007 a 2020, fueron decenas de miles de artistas los que estudiaron ballet, jazz o danza contemporánea en La Cantera, estudio que se encontraba en la colonia Tabacalera y que fundó el coreógrafo y bailarín Jaime Camarena, también director de la compañía A Poc A Poc.

El proyecto prácticamente fue levantado de cero y, aunque Camarena sintió que se había cumplido un ciclo, en sus palabras hubo desencanto al hablar del cierre, lo amargo de ver cómo, en medio de un conflicto legal, bajo condiciones cada vez más difíciles, el proyecto en el que se invirtieron años de trabajo se desmoronó poco a poco. En medio de esa crisis, cuenta Camarena, se solicitó el apoyo México en Escena, que, en ese último intento, no recibió La Cantera. “Tener un proyecto de largo aliento no es posible sin un apoyo”, afirma.

La Cantera es un ejemplo de los retos que las academias de danza enfrentan, como proyectos culturales emanados de la sociedad civil, para sostenerse. Situación que el Consejo Nacional de Danza, que se conforma por 130 profesionales de todo México, ha analizado desde hace casi un lustro, topando con pared a la hora de buscar la ayuda institucional.

El objetivo del Consejo es la incidencia, la modificación, en las políticas públicas para mejorar las condiciones laborales del gremio dancístico; su acción más reciente fue el 21 de enero, con el nacimiento y la primera reunión de la Red Nacional de Investigadores de Danza, cuya meta es debatir sobre el primer documento elaborado por el Consejo, “Diagnóstico Plan Nacional de Danza, el consenso pendiente” (abril, 2018), que caracteriza las problemáticas de la danza en el país.

El diagnóstico, cuenta Erandi Fajardo, directora del Consejo, le sirvió al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (Inbal) para determinar ciertos ejes en su programa, lo cual es positivo, salvo que la institución “no ha querido asumir el reto de evaluarse a sí misma”. Tras un periodo inicial en el que el Consejo y la Coordinación Nacional de Danza, perteneciente al Inbal, colaboraron en programas como Jóvenes Construyendo el Futuro, la institución no respondió la petición de retroalimentar y atender puntos pendientes en el Diagnóstico; el estatus y necesidades de circuitos escénicos, festivales, investigación y, por supuesto, academias (fallos sistémicos heredados por esta administración) son analizados.

“Sabemos que los cambios no son mágicos, pero tampoco hay una política eficiente de la Coordinación Nacional de Danza para atender las problemáticas que el sector ha manifestado y evaluado; lo que vemos es desinterés y funciones acotadas que no tienen impacto real en el país”, señala Fajardo. El Inbal, además, desatendió la gestión de capacitaciones para que las academias pudieran hacer transmisiones en línea durante la pandemia —continúa—, “un conocimiento que no había y era necesario”.

Entonces, en algunos estados, los gimnasios, negocios con un modelo similar al de las escuelas de danza debido al contacto físico, pudieron acordar protocolos y permisos de apertura conforme cambió el semáforo epidemiológico. Una ventaja que no tuvieron las academias porque su modelo de negocio, relacionado con el arte, sigue siendo desatendido por la institución federal.

En el confinamiento, dice Camarena, “incluso los ‘table dance’ abrieron antes que las academias de danza”. Algo sintomático de un escenario más complejo, en el que Fajardo abunda: “Quienes se dedican al trabajo en las academias lo hacen con sus propios recursos, sin orientación, a veces con el desconocimiento de dónde acudir para tener determinados estímulos económicos; a diferencia de otros sectores comerciales que sí tienen seguimientos, incluso apoyos económicos, registros y permisos. Las autoridades no han atendido las vías económicas sustentables de los espacios comerciales con fines culturales”.

Existe, por ejemplo, el Programa de Créditos a la Palabra de la Secretaría del Bienestar, que ofrece hasta 35 mil pesos. En un principio, este no consideró a las academias; fue tras un diálogo que el Consejo tuvo con la secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, el 16 de julio de 2020, que se logró contemplarlas para este apoyo. Sin embargo, para las necesidades de un negocio y proyecto cultural de este tipo, 35 mil pesos se convierten en una cifra casi simbólica.

Cecilia Raigosa, directora de Leitmotiv Agency, escuela que cerró en la pandemia, detalla que se requieren alrededor de 100 mil pesos al mes para mantener un proyecto de este tipo (de 30 a 40 mil para infraestructura; y quizá 60 mil para pagar una nómina de 10 maestros con un sueldo bajo). Y se olvida también que una academia es una fuente de empleo, señala.

Aunque, por supuesto, no deberían ser tratadas solo como un negocio; “el enfoque que corresponde es de formación artística no formal, y tendría que existir orientación sobre cómo constituir una academia y garantizar que se cubran los elementos básicos”, sugiere. Esa falta de regulación hace que sea posible la existencia de escuelas no certificadas en las que los estudiantes pueden lastimarse físicamente al ser instruidos por maestros no preparados.

La pauperización que denuncia el Consejo deja ver también que en condiciones extremas (una pandemia, un sismo), la supervivencia de las academias es aún más difícil; ni el Inbal ni el Consejo han hecho un censo de cuántas han cerrado en esta administración, pero entre ellas, pueden nombrarse proyectos como Danzas Polinesias Raumaire (Colima), Escuela de Danzas Polinesias HULA (Estado de México), Azteca Quetzaliztli (Guanajuato), Dansart (Nuevo León), Cantera Flamenca (Michoacán), Taller de Danza Cutzi (Michoacán) y dos de las más importantes a nivel nacional: La Cantera y el Estudio de Danza Ema Pulido, especializado en jazz, que cerró el 1 de mayo de 2021 después de una trayectoria de 44 años, tras no sobrevivir a la pandemia.