Adiós al revolucionario de la literatura

El escritor falleció a un mes de cumplir 85 años. Cortesía
El escritor falleció a un mes de cumplir 85 años. Cortesía

Rubem Fonseca, el escritor brasileño que murió a los 94 años por un infarto en su departamento de Río de Janeiro, era parco de palabra y negado total a la vida pública, pero abundante en su literatura y generoso con jóvenes escritores. En 2003, cuando recibió de manos de Gabriel García Márquez el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, dio un breve discurso que selló con una frase contundente: “Juan Rulfo sigue teniendo algo que decir a sus lectores y sigue teniendo algo que enseñar a sus colegas de oficio”.

El narrador, considerado uno de los principales exponentes de la literatura universal, pues rompió las fronteras de Brasil y pronto abarcó una dimensión latinoamericana, murió camino al hospital luego de sufrir un infarto durante una comida en su apartamento, según informaron miembros de su familia.

El novelista, cuentista y guionista nacido en Minas Gerais, el 11 de mayo de 1925, forjó una narrativa con un estilo agudo y mordaz, con gran maestría en el tratamiento de la crueldad, con amplio conocimiento de la condición humana, con un estilo que influenció a las posteriores generaciones de escritores, con una gran riqueza de lenguaje popular y con una profunda mirada crítica de la sociedad brasileña de finales del siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI.

Ganador del premio Camoes el mismo año que obtuvo el Juan Rulfo, Fonseca fue muy cercano a México a través de sus miles de lectores y de los estudiosos de su obra. El jurado que le concedió por unanimidad el Premio Juan Rulfo destacó haber renovado la prosa narrativa en lengua portuguesa, al aprovechar y reelaborar las formas de la literatura popular, entre ellas la novela negra, la política, la social, la erótica.

También resaltó su estilo directo, su poética tremendamente personal y su capacidad para reflejar la condición del mundo contemporáneo. Su literatura está marcada por su estilo ácido, violento, áspero, seco y directo, dotada de grandes dosis de erotismo y sexualidad.

Fonseca estaba a un mes de cumplir 95 años, el 11 de mayo, y aunque no llegó a conmemorarlo, la vida le alcanzó para ver su encumbramiento literario; tuvo claro que fue uno de los autores latinoamericanos más influyentes del siglo XX y un renovador de la literatura brasileña, un maestro de generaciones de escritores que abrevaron de su lenguaje “salvaje”, “vulgar”, “obsceno” y violento, pero ante todo aprendieron de sus consejos.

Su universo literario —que superó 30 obras publicadas— está habitado de seres marginados, asesinos, asaltantes, violadores y prostitutas; Fonseca decía que un escritor debía tener el coraje de mostrar lo que la mayoría de la gente teme decir. Dijo lo que quiso a través de su narrativa sin cortapisas, cuestionó al poder, a los políticos y a las buenas conciencias, eso lo tuvo en medio de polémicas y le provocó la censura desde la dictadura, e incluso recientemente.

Hace pocos meses, autoridades de la provincia de Rondonia ordenaron retirar de sus escuelas públicas decenas de libros clásicos de la literatura nacional brasileña por su contenido “inadecuado”, entre ellos estaban libros de Rubem Fonseca; luego dieron marcha atrás.

En 2015, durante la ceremonia donde le fue entregado el Premio Machado de Assis, uno de los principales galardones de la literatura brasileña, Rubem Fonseca dijo: “Yo escribí 30 libros. Todos llenos de palabras obscenas. Nosotros los escritores no podemos discriminar las palabras. No tiene sentido que un autor diga ‘eso no lo puedo usar’”.

La obra de Fonseca es extensa y diversa; destacan sus libros Feliz año nuevo, El caso Morel, El cobrador, Agosto y El gran arte, que algunos consideran su obra maestra. En México circulan bajo el sello Cal y Arena, y en Tusquets Editores han publicado tres libros de cuentos, y uno de pequeñas historias.