Adiós al segundo espigo: Juan Bañuelos

Adiós al segundo espigo: Juan Bañuelos

Por las redes sociales, parte de la comunidad cultural que tuvo contacto con el poeta Juan Bañuelos (6 de octubre de 1932-29 de marzo del 2017) lamentó el fallecimiento, por complicaciones respiratorias, del escritor que fue parte del movimiento político-literario La Espiga Amotinada.

Tras la muerte de Eraclio Zepeda Ramos en septiembre de 2015, un segundo espigo dice adiós. Su último evento en el estado fue en la Universidad Autónoma de Chiapas, donde compartió la mesa con Mario Nandayapa, Fabián Rivera, Victoria Sáenz y Julio Solís, en octubre del 2011.

Varios creadores han lamentado este suceso, entre ellos el poeta Óscar Wong, quien en su columna “Las íes bajo los puntos” dijo que “Bañuelos es, por supuesto, un ser sensible que busca reflejar la realidad a partir de las herramientas que tiene a la mano: su conciencia de hombre y su voz de rapsoda”.

También se sumó a esta serie de recuerdos la maestra Chary Gumeta, quien dedicó algunas palabras al maestro: “Hoy mi corazón y las letras mexicanas están de luto. Se ha ido y nos ha dejado un gran legado como poeta, sobre todo los talleres literarios donde se han hecho muchos en el arte de escribir. Hasta pronto, Mtro. Juan Bañuelos”.

Fue Cecilia Bañuelos quien confirmó la noticia que había lanzado a través de las redes sociales el Instituto Nacional de Bellas Artes. “En nombre de la familia Bañuelos, estamos consternados por la pérdida de mi padre. Fue una persona que aportó tanto a la literatura mexicana y, en particular, a la literatura que defiende los derechos indígenas”, expresó la hija del poeta.

En tanto, Jaime Labastida, director de la Academia Mexicana de la Lengua, sostuvo: “Fuimos amigos desde 1957. Fue un amigo entrañable, puedo decir mi hermano. Los que constituimos La Espiga Amotinada ya nos estamos yendo: primero Eraclio, ahora Juan. Me duele muchísimo, no tengo palabras”.

En 1960, los poetas de este grupo publicaron un volumen denominado precisamente La espiga amotinada, el cual reunía los siguientes libros: Puertas del mundo, de Juan Bañuelos; La voz desbocada, de Óscar Oliva; La rueda y el eco, de Jaime Augusto Shelley; Los soles de la noche, de Eraclio Zepeda, y El descenso, de Jaime Labastida.

Bañuelos fue miembro fundador del Ateneo en Chiapas, estudió en las facultades de Derecho, Filosofía y Letras, y Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Su obra fue traducida al checo, polaco, húngaro, noruego, sueco, búlgaro, rumano y alemán.

A continuación, una entrevista en la que el colaborador de Cuarto Poder e investigador Mario Nandayapa habla sobre el poeta.

¿Cómo te impacta la muerte de Juan Bañuelos?

La muerte no nos arrebata a los seres amados. Al contrario, nos los conserva y nos los hace presentes en cuanto leemos en voz alta sus poemas. Juan Bañuelos está presente perennemente. La vida sí que nos roba muchos seres a veces y definitivamente.

Hoy no precisaré de la vida y obra de Juan, ni del vacío evidente que deja, esa es la noticia del momento. Hoy me vienen de golpe palabras, versos e ideas, pero sobre todo el recuerdo que estará siempre de este lado de la frontera, porque el otro lado de la frontera es el olvido. Y la palabra lo volverá nombrar constantemente, ya que creó un amplio horizonte cultural donde abreva y abrevará la nueva poesía en lengua española.

¿Dónde conociste a Juan Bañuelos?

Tomé cursos con Juan Bañuelos en 1985, en esos años fue el primer acercamiento que tuve con él. Luego fueron muchos puntos de coincidencia; uno relevante, cuando presenté su libro El traje que vestí mañana. Así también tuve oportunidad de hacerle una de las últimas entrevistas (en proceso de edición), donde me narrara diversos episodios inéditos de su infancia y adolescencia, como también de haberlo traído a Chiapas en su última ocasión. Son muchos los recuerdos que caen de improviso.

¿Se lee actualmente la obra de Juan Bañuelos?

Una alumna que estaba haciendo una tesis sobre Bañuelos me obligó a leer de nuevo tanto la obra como lo que se ha escrito sobre él. Recuerdo nítidamente: “Cuando los días sumados a los meses y a los años pasen, tal vez lo que hoy escribo no tenga ya vigencia o quizá alguien lo haya continuado […] Más todo es cambio; al menor movimiento del ojo se altera el mundo. Por eso creo en la humanidad y el mito, en la libertad y en la verdad. Dos hijas prodigas buscan a esta la filosofía y la poesía; por la razón se hace camino la filosofía, por la imagen la poesía. La una elige un sentido; la otra es superabundancia de sentidos”.

¿Qué rescatas de la obra poética de Juan Bañuelos?

Son múltiples los aspectos donde uno como lector puede asirse del discurso poético de Bañuelos, mismos que no se reducen al tono de la denuncia social y a la carga emotiva que prevalece. Están otros factores que ponen en manifiesto la maestría del poeta, y me refiero al manejo del lenguaje que aplicaba de manera peculiar, el empleo de los tropos literarios y por supuesto el manejo del símbolo y del mito.

¿Qué piensas del compromiso social que siempre manifestó en su poesía?

A pesar de la carga política en el discurso poético del Juan Bañuelos, otro de los mejores logros se encuentra en la sonoridad, Juan Bañuelos contaba cantando. A pesar del peso de lo social, lo lírico se encuentra inmerso en el paisaje interior de sus metáforas, pues el poeta siempre se supo testigo y cantor del mundo. No existe en él la desgarradura, el arrebato violento, que hay en su compañero de grupo Óscar Oliva. Persiste en los poemas de Bañuelos el optimismo detrás de la fatalidad de los hechos.

Encontramos una resonancia de rebeldía proverbial y cosmogónica, propia de los poetas malditos franceses, de William Blake, Baudelaire y Rimbaud sobre todo, en la que el sentimiento humano todo lo desborda, para oscilar en una escritura poética que oscila entre la vigilia y la ensoñación, que canta sobre la injusticia y el oscurantismo del mundo (moderno) en que el tiempo y los hechos históricos vuelven cargados con un solidario tono conciliador, en que el poeta se hermana con el sentir de los hombres, pues contempla el momento histórico, sin arrebato, sabe que la palabra es intemporal, que lo único que permanece no es el hombre en sí, sino el sentido o la pluralidad de sentidos, conceptos, ideas, sensaciones o atributos que el lenguaje atribuya al hombre.

El poeta se considera heredero de la incertidumbre histórica, a la que asecha con nostalgia, sabe que también es el destino de su patria y el de todos los hombres, pues la humanidad es heredera de ese destino arbitrario que ella misma se impone. Es esa cruel incertidumbre la que convierte al poeta en omnisciente y lo vuelve intemporal recurso de la palabra, en él colisionan la tradición y la ruptura, la memoria colectiva y la mirada simultánea del tiempo poético que canta a la vida y a la muerte en un día como hoy en que curiosamente cumple 35 años la erupción del volcán Chichonal, en un ejercicio formidable de convertir la materia en polvo.