El viento fresco anuncia la llegada del invierno; no es normal que este recorra las calles de una ciudad que tiende a ser calurosa, pero por estas fechas todo cambia, en ocasiones amanece nublado, pareciera que todo se pone en complicidad para disfrutar unos tamales con café u otras bebidas que se ameritan cuando la temperatura es baja.
En las casas se preparan para una de las fiestas más arraigadas en la tradición mexicana. Cada hogar tiene un espacio reservado para los santos, así como para las fotografías de los seres que ya han abandonado este mundo físico. El lugar dedicado a estas personas se llena de colorido, de alimentos y bebidas propias de la gastronomía chiapaneca.
Pero hay una cultura que habitó este valle de conejos, los zoques, quienes también brindan ofrendas a los seres que dejaron el mundo terrenal, y por ello hoy se verá cómo estos habitantes de la región adornaban sus altares.
Primero, en la parte trasera colocaban una tela que iba desde lo más alto hasta lo más bajo del altar; de preferencia el color de la tela debe ser naranja (que significa para los zoques el paso de la vida a la muerte), morado (que es color de luto) o blanco.
La tela tapa la estructura del altar, que por lo regular se conforma de 3 niveles a modo de escalera. En la parte alta se coloca una imagen religiosa que es la que, según los zoques, acompaña a los muertos en su regreso a la tierra, por debajo de la imagen se colocan las fotografías de las personas fallecidas de la familia así como algún objeto que en vida usaban como un sombrero o reboso.
En la parte superior o bien a los costados se coloca un somé adornado con joyanaqués (flores costuradas) además de roscas y en la parte baja se adorna con juncia, también se coloca un brasero con mirra, copal y estoraque; cuatro velas blancas sobre tallos de plátano y muchas veladoras que van de acuerdo con el número de muertos que vienen a comer.
Otro de los elementos con los que se adorna este espacio es con las flores que en su mayoría son de cempasúchil (que en zoque se llama muzá), flor amarilla del cerro y la flor de seda.
Para el caso de las ofrendas, en el altar se colocan los alimentos que le gustaban al difunto, pero solamente los tradicionales, entre los que se encuentran el sispolá, el puxasé, el ningüijuti, el frijol con chicharrón, el sihuamonte, el canané; todas comidas zoques.
No pueden faltar la manzanilla en dulce, el garbanzo en dulce, el jocote curtido, el nanchi, entre otros. Las frutas del altar son solamente la lima, la naranja, la mandarina, el cacahuate y la caña, que son la región. En cuanto a las bebidas, en imprescindible el agua, además del pozol, el agua de chía, el chocolate con agua, el pinole, el tascalate con agua o el atole agrio, así como el aguardiente. Y si fumaba la persona, se le ponen cigarros sin filtro.
De acuerdo con esta comunidad, las almas de los niños bajan el mediodía del 31 de octubre y suben a las 12 del día del 1 de noviembre, fecha en que las almas grandes bajan a comer y se retiran al mediodía del 2 de noviembre.
Asimismo, el día 2 por la mañana es común que las familias asistan a los panteones donde yacen los restos de los familiares fallecidos.












