Amélie y los secretos de la lluvia

Amélie y los secretos de la lluvia

Amélie y los secretos de la lluvia (Amélie et la métaphysique des tubes, 2025) presenta a la protagonista como un “tubo”, un envase en el que habita Dios, que recién en su segundo cumpleaños comienza a interactuar sensorialmente con su entorno. Las primeras sensaciones son de malestar y confusión. Pero el despertar de la verdadera experiencia vital es, para la niña, el placer que siente tras probar un trozo de chocolate blanco belga ofrecido por su abuela. A partir de ese evento Amélie se dedicará a buscar activamente el goce en aquello que la rodea. Su cercana relación con Nishio-san, su cuidadora, irá habilitando sus próximas lecturas del mundo.

La historia está basada en la novela corta de carácter autobiográfico Metafísica de los tubos de la escritora belga Amélie Nothomb, publicada en el año 2000. Se sitúa a fines de los años 60 en Japón, y está narrada a través de una voz over por la niña protagonista. El filme, dirigido por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han y escrito por los directores junto a Aude Py y Eddine Noël, fue nominado a los Bafta, a los Golden Globes y a los Premios Óscar en la categoría mejor película de animación, y recibió el Premio del Público en en Festival de Annecy de 2025.

La cinta explora temas trascendentes como el desarraigo, el primer contacto con la muerte, la relación que establecemos con lo desconocido y la forma en la cual recordamos aquello que nos marcó para siempre. También aborda la indeleble marca que la Segunda Guerra dejó en los japoneses —un tópico importante en los filmes del influyente animador Hayao Miyazaki—. La aproximación a estos temas tiene un componente metafísico relacionado a una levemente humorística lectura adulta que ahonda en la naturaleza del punto de vista desde el cual la película está narrada.

Una mirada distinta

Más allá de la ternura de la protagonista, de los atractivos del lugar y de las en principio inocentes experiencias que vive la pequeña, los directores van exponiendo —sin apartarse jamás del punto de vista de Amélie— las miserias del Japón de posguerra y las fuertes tensiones que generan ciertos personajes nacionalistas que manifiestan un profundo resentimiento hacia los europeos luego de la humillante derrota bélica.

Simpática y melancólica, lírica y entrañable, encantadora y algo triste a la vez, Amélie y los secretos de la lluvia es de esos filmes que manejan diferentes niveles lecturas: uno más básico para los chicos y otro en el que los adultos pueden encontrar otras dimensiones y matices. La animación es sencilla, minimalista y al mismo tiempo muy particular, sin grandes despliegues técnicos pero pletórica de bellos, inteligentes y expresivos detalles.

Así, con enorme delicadeza y sensibilidad para asomarse a la mirada de la infancia, exponer desde la fascinación al descubrir el chocolate hasta el dolor de confrontar, por ejemplo, la muerte de la abuela; y describir las contradicciones de una vida en una sociedad tan distinta como la japonesa, Amélie y los secretos de la lluvia surge como una sorprendente ópera prima de animación merecedora de todas las distinciones que ha recibido en los últimos meses.

Una oda a la vida

Es, en otras palabras, un viaje más sensorial que racional, cuya dirección de arte (de Noël) es la culminación misma de lo que los impresionistas pretendían al capturar las sensaciones de la luz y el color —la vida— en la pintura (como Amélie misma, belga que se considera japonesa, la película existe entre la pintura europea y Studio Ghibli). El color despierta emoción, el cine dobla el tiempo y representa la memoria, y la animación, osando la abstracción, viaja a territorios metafísicos que no son posibles para la lengua escrita, que demanda la concretitud y especificidad necesarios de la mente lógica.

Todo el conjunto podría sugerir una joie de vivre que roza en la emotividad excesiva —y sí, las composiciones musicales de Mari Fukuhara resaltan este hecho con sus combinaciones de pianos, cuerdas y sintetizadores cargadas de delicada ternura—. Pero nunca cae ni en el melodrama barato ni en la condescendencia. Es, de hecho, una cinta perfectamente accesible para niños, pero su trama siempre reconoce, con sutileza, la presencia constante de la pérdida, en la sombra de la guerra y la muerte.

Amélie y los secretos de la lluvia es una obra muy sugestiva que establece un paralelismo audiovisual entre una perspectiva fresca y colorida del mundo y la vivacidad y la ternura de aquello que relata. Nos invita a adentrarnos en una experiencia sensorial, habilitando preguntas acerca de la génesis de nuestra propia manera de percibir el mundo.

Orgullo mexicano

Además de su valor artístico, la cinta representa un motivo de orgullo para la industria cinematográfica mexicana. La participación de Nidia Santiago como coproductora, a través de Ikki Films, posiciona a México como un actor relevante en la escena internacional de la animación. No se trata solo de un crédito en pantalla, sino de una muestra del liderazgo creativo y la capacidad de colaboración transnacional que hoy define al cine animado contemporáneo.

Amélie y los secretos de la lluvia es, en esencia, una película sobre la fragilidad y la fortaleza que coexisten en la infancia. Su belleza no radica únicamente en su impecable factura visual, sino en su sensibilidad para recordarnos que los actos más pequeños —una amistad, una gota de lluvia, un gesto de ternura— pueden transformar por completo el curso de una vida.