Cuando en marzo uno preguntaba a los marchantes de la Tefaf de Maastricht, la feria de arte antiguo más importante del mundo, si alguna vez les habían ofrecido piezas procedentes de Irak o Siria, la respuesta era siempre la misma. “¡No, nunca!”, seguida de alusiones al código de honor del sector y la exigencia de garantizar con precisión el origen de las obras.
Es cierto que los galeristas admitidos en la feria holandesa de Maastricht tienen fama de ser especialmente serios, pero en cualquier lugar resultará difícil encontrar a un marchante que reconozca, aunque sea de lejos, tener algo que ver con arte robado. Y sin embargo, el contrabando de estas obras es un negocio millonario.
“Presuntamente, el volumen de ventas del comercio ilegal de antigüedades se sitúa actualmente en el tercer puesto, tras el de drogas y armas”, afirma Hermann Parzinger, presidente de la Fundación de Patrimonio Prusiano. “No sabemos con exactitud si realmente es así, pero uno puede hacerse a la idea de que en cualquier caso se trata de cifras escandalosas”.
El saqueo del patrimonio arqueológico de Siria e Irak está prohibido por leyes y acuerdos internacionales, pero una y otra vez siguen llegando al mercado nuevas obras. Supuestamente, todas llevaban décadas o incluso siglos fuera de sus países de origen. “Y ahí es donde se deberían generar enormes dudas”, sostiene Markus Hilgert, director del Museo de Oriente Próximo perteneciente al famoso Pérgamo.
“Por mi propia experiencia sé que en los últimos 20, 25 años han aparecido numerosos legajos y textos de escritura cuneiforme de los que no se tenía noticia. Y eso hace pensar que fueron introducidos al mercado de manera ilegal hace relativamente poco tiempo”, añade este experto que ha emprendido una profunda investigación sobre contrabando.
“Por supuesto, esto no fluye a través de las casas de subastas importantes y los galeristas serios, pero hay un enorme mercado gris que se mueve en la ilegalidad”, apunta Parzinger.












