Bienvenida a Fernando Delgadillo

"Sara Regalado * CP. Un artista de mar, un poeta de cielos y de estrellas, un trovador de la vida, el amor y la justicia. Fernando Delgadillo recreó en el escenario, sencilla pero apasionadamente, un mundo de sentimientos humanos, dichas, tristezas, historias increíbles, anécdotas dignas de una carcajada, traiciones, suenos y todo lo que un ser humano es capaz de sentir e imaginar.

Todo con sólo una guitarra, una voz entregada y una inspiración incansable, así fue el concierto de Fernado Delgadillo, quien comenzó a dar los primeros acordes ante su público entusiasmado y un poco desesperado, alrededor de las diez de la noche.

""?Julieta!"", pidió una voz perdida entre el público, pero Delgadillo aclaró: ""Claro que sí, con mucho gusto, ya llegada la hora de las peticiones. Porque ahora, hermanos míos, es la hora del 'autocantor'"".

Y así comenzó; intercalando versos propios con canciones, regaló algunas de esas piezas que se pierden en el repertorio, que no han logrado brillar y hacerse populares porque quizá ésa es su esencia, resurgir a veces de entre la oscuridad y el polvo.

""Esta tarde clara, las nubes se ocupan de extranas maniobras en lo alto del cielo. Blancas navegantes y azules espacios. Unas van despacio, otras viajan presurosas llevando un asunto, cumpliendo un encargo. Viajera del humo en lo azul de cielo. Una gigantesca fragata encendida navega la tarde, viene desde el mar y huye tierra adentro, poniendo la popa y las velas abiertas, surcando corrientes y abriendo senderos.

Hay una lejana, como una galaxia distante y perdida en su propia versión de creación, sin orden, piensa en su hacer sin medida. Otra más cercana llevando su historia de vuelta a la mar, regresa a su puente, rota, deshilada. Unas para un lado, otras para el otro, siguiendo algún curso que sólo ellas saben y yo no comprendo.

Las nubes se juntan al fin donde el sol que persigue la tarde, termina su ciclo y toca el horizonte; y ahí, entre la tierra, la selva y el cielo, se tinen de rosa y de luz, de blanco perfecto; nubes de la tarde, veleros del cielo"".

Ésa fue una de las introducciones poéticas, de historia e imaginación, que regaló antes de interpretar, por ejemplo, ""Cierto aire a ti"", ""Noches sin luciérnagas"", ""La isla"", ""Balada marinera"", ""Verde siempre"", ""Del libro de los días"", ""Espejo"" -que introdujo con un poema de Jaime Torres Bodet, ""Dédalo-, y una de las más aclamadas, ""Julieta"", que también completó, pero esta vez con versos de uno de los mayores representantes de la poesía moderna mexicana, Alfonso Reyes.

La hora de las

peticiones

A partir de ese momento, y ya anunciada ""la hora de las peticiones"", el público perdió la compostura para gritar el tema que quería escuchar de la voz del cantante. Algunos, un poco desubicados, no se enteraron de que Delgadillo no canta ""Coincidir"", ni ""La recuerdo así"", por lo que se tuvieron que quedar con las ganas de escucharlas.

Fuera de eso, el público quedó complacido con algunas de las canciones más reconocidas de su repertorio, como ""Carta a Francia"", ""Bienvenida"", ""Ay amor"", ""La banera"", ""La boca de mi amada"", ""Ten miedo de mí"", ""No me pidas ser tu amigo"", ""Canción de protesta"", ""Amores peregrinos"", ""Buenas intenciones"", ""Pueda que pueda ser"" y ""En tu cumpleanos"".

Pero, aunque fue un concierto largo -de poco más de dos horas y media-, en algún momento tenía que acabar, así que Fernando anunció: ""Ha llegado la hora del final, y no es que le falte otra hora al concierto, como la hora del 'autocantor' y de las peticiones; es que ese momento de decir adiós así se llama, nada más"".

Y a pesar de que las despedidas siempre son difíciles, todo el mundo se fue con un buen sabor de boca de este concierto, complacido y feliz.

"