Fabián Rivera. CP. Después de dos intensas semanas de actividades artísticas y culturales, llegó uno de los momentos más esperados de la Fiesta Grande: el tradicional desfile de carros alegóricos, que recorrió, desde el Parque Central, distintos puntos de la colonial Chiapa de Corzo.
Fue en punto de las 5 de la tarde cuando la algarabía comenzó, dando paso a las chuntás, quienes colmaron de alegría a todos los espectadores mientras éstos esperaban ansiosos el paso del desfile que reunió, como cada año, a todos los personajes que giran en torno a la mítica figura de María de Angulo.
Fue el misterioso “abrecampo”, un hombre bañado en pintura de color negro, quien con una escoba de palma fue “abriendo camino”, es decir, haciendo a un lado a todo aquel que impidiera el paso de María, su señora.
Con el camino limpio, desfilaron los primeros grupos de chuntás, abanderadas por la pandilla de “El Jerry”, quien inauguró la Fiesta Grande el 8 de enero.
Gritos, vivas y un gran porcentaje de “arrechura” fueron lo necesario no sólo para marcar el territorio, sino para confundirse completamente con el público, que se congregó en los alrededores del parque horas antes para poder observar adecuadamente el desarrollo del desfile, a pesar del inclemente sol de Chiapa.
Terminado el paso de las chuntás, la calle quedó en silencio por un momento, y de pronto surgió en el horizonte una larga comitiva de parachicos, que protege en su interior al patrón, el cual carga con la responsabilidad de la imagen del Señor de Esquipulas.
Con rosas en la montera de ixtle, con la máscara levantada y sosteniendo una pequeña guitarra, el patrón se mantiene silencioso, en son de reverencia ante la imagen. Los parachicos hacen una valla alrededor suyo y de la imagen, que observa silenciosamente todo lo que sucede a su alrededor.
El calor de Chiapa, el sol a punto de desplomarse sobre las montañas son parte de este antiguo ritual en el que frenéticamente se reúnen la realidad y el mito.











