Carolina de Mónaco, la princesa más mediática

Cuando Carolina de Mónaco nació se puso de moda el color amarillo para los bebés. Su nacimiento supuso todo un revulsivo para el Principado, que buscaba afianzarse como Estado tras la boda en 1956 de Raniero con la estrella de Hollywood Grace Kelly.

Los Grimaldi no son lo que se entiende como una familia real al uso, son unos aristócratas de segunda fila que mantienen su posición por su enorme poder mediático y habilidad para hacer negocios.

A diferencia de otras famosas, Carolina ha hecho de sus arrugas una declaración de intenciones aunque no ha renunciado a seguir estando en la lista de las mujeres más elegantes y a ser la eterna musa de Karl Lagerfeld. Ni su hija Carlota Casiraghi ha conseguido arrebatarle el puesto, y, menos aún, su cuñada Charlene.

Es un secreto a voces que Carolina y la esposa de su hermano Alberto no se soportan. Carolina es elegante, simpática, educada pero también, dicen los de su entorno, ambiciosa, necia, altiva y conspiradora. No cree que Charlene esté a la altura del papel que ocupa.

Carolina fue una princesa rebelde que se casó con un playboy ante el disgusto de sus padres, que enviudó prematuramente del padre de sus tres hijos mayores, que vivió un sonado romance con el actor Vincent Lindon y que se relacionó con Ernesto de Hannover, el marido de una de sus mejores amigas.