"MdeR. * CP. Adiós querido Ricardo: He despertado con la noticia de tu muerte. Te fuiste sin avisar, apenas hace pocos días coincidimos en la Plaza del Ángel en el vicio de buscar libros. La Fundación Cultural Mario Uvence, A. C., está de luto. Ha muerto su asesor cultural, el extraordinario coleccionista de arte, libros y amigos. Te debo mucho, Ricardo. Tú me embriagaste con la envidia sana de tu biblioteca, fueron demasiados días los que abrimos juntos muchos libros buscando una señal sobre un artista, sobre una obra, sobre una crítica, siempre acompañados de opíparos banquetes en tu memorable casa de Edison, en la colonia Tabacalera, donde la alta cocina mexicana tenía un sitio muy alto gracias a tu sabiduría y a tu cultura gigante.
Recuerdo con gran alegría las cenas decembrinas en tu casa, con Monsiváis y los amigos que siempre compartiste, y aquel secreto que te llevaste a la tumba del ""Quetzal del Sureste"". Tú me enseñaste a buscarle errores y defectos a las obras de arte para confirmar la autenticidad de sus autores, conocías la magia del dibujo, eras el mejor en México y en América en el mundo del grabado, pero, sobre todo, Ricardo querido, eras el hombre más optimista que jamás he conocido.
Echaré en falta tus llamadas tempraneras los lunes deseándome siempre una feliz semana. Recordaré constantemente aquellas veces en que me quejé contigo de la lluvia, del frío, del cielo nublado y me contestabas que qué hermoso que estuviera lloviendo en Chiapas porque eso era vida para el campo y para los hombres, y qué maravilloso que estuviera nublado porque así podría recordar las tardes grises de la pintura de Corot y los cielos encapotados de las obras de Cusachs, qué bueno que hacía frío porque eso me daba la oportunidad de reconciliarme con mi alma con un buen libro y un buen trago frente a una chimenea.
Gracias, Ricardo, por tus consejos, por las piezas hermosas que hiciste llegar a mis manos, por los negocios que hicimos juntos, por haberme mostrado tu vida, tu corazón, tu malicia y tu colmillo. Jamás olvidaré ese maravilloso viaje que hicimos juntos por Chiapas y mi pena de que pudieras subir al templo más alto de Palenque. Recuerdo que te buscaba para dejarte a bien resguardo sentado bajo la sombra de un almendro, cuando escuché tu voz recia desde la cúspide de la pirámide, ya estabas ahí, eras el primero, protagónico de la anécdota, del baile, de la risa y de la bonhomía.
Reconozco tu cariño por las veces que acudiste a Chiapas ante mi llamado. Recuerdo muy bien la brillante conferencia que nos regalaste con motivo de la exposición ""Cinco Siglos de Plástica en Chiapas"", hace ya una década, y recuerdo el ánimo y el impulso que me diste para decidirme a organizar la fundación que hoy lleva mi nombre.
Tus palabras en el acto inaugural son un activo intelectual de nuestros actos cotidianos. Gerardo Puertas me dio la noticia y el pésame esta madrugada. Tengo las lágrimas contenidas y tu recuerdo es una constante, pero cada vez que hablamos del tema de la muerte, la entendías con tanta naturalidad y me reiterabas que la única trascendencia estaba en el legado. Así comprendí que tu maravillosa biblioteca no podría estar en mis manos, sino en las del Museo Nacional de Arte, donde una sala lleva tu nombre.
Nos dejas, además de tu ejemplo generoso, la colección de obras de González Serrano, artista plástico que sólo podría ser comprendido en su dimensión por un hombre de tu estirpe, que tuviera en su alma los laberintos de la exquisitez, la incomprensión, el drama, la tormenta, la poesía, la virtud y la alegría para siempre.
Gracias otra vez, Ricardo, por cobijarme en la fronda inmensa de tu amistad.
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