Víctor Dichy * CP. Aunque lejos de los escenarios principales de la Revolución de 1910, Chiapas resintió algunos de sus efectos, que en esta entidad derivaron en resultados finalmente opuestos a los que este movimiento legó al resto del país.
De acuerdo con investigadores chiapanecos, el primer pronunciamiento de rebelión ocurrió el tres de julio de 1911, por parte de los sancristobalenses, a manera de inconformidad por el nombramiento de Reynaldo Gordillo de León como gobernador interino.
Gordillo de León no garantizaba los intereses de los terratenientes de la zona Altos, pero sí de un grupo formado a la sombra de Porfirio Díaz y de Emilio Rabasa, cabeza de un grupo que gobernó Chiapas desde 1892 y cuyo periodo se extendió ese año pese a la renuncia forzada al Ejecutivo de su hermano Ramón.
La Revolución agraria incluyó la movilización de algunos sectores, como los campesinos que participaron activamente contra el porfiriato y el sistema que representaba en el aislado agro chiapaneco. Fuera ya del Gobierno Emilio Rabasa y Porfirio Díaz, se inició una lucha por el poder político entre las Fuerzas conservadoras de los Altos de Chiapas y los terratenientes liberales del Valle de los Corzo, Frailesca, Jiquipilas y Tuxtla. La lucha armada entre ambos bandos fue por el deseo de detentar el poder político dejado por los Rabasa. Los primeros luchaban por el poder que habían perdido casi 20 años atrás, y los segundos, por conservarlo.
Los terratenientes alteños basaban su poder en la servidumbre y el control mercantil de las comunidades aldeanas de indios tzotziles y tzeltales, cuyo poder databa desde la época colonial, lo que no pudo ser destruido, ni siquiera modificado, por la Independencia. Sus contrapartes, en tanto, lo basaban en las jugosas ganancias que obtenían de la explotación de ganado, así como de lo que les redituaban los productos agrícolas. El segundo pronunciamiento bélico fue el 14 de septiembre del mismo año, debido a que los tuxtlecos obtuvieron mayoría en el congreso local. El mal está en Tuxtla, en el medio en que residen los poderes, afirmaban los sublevados, y es necesario sacarlos de la capital para dar orientación a la política; esta es la demanda, la legítima aspiración de todo Chiapas.
El espíritu revolucionario sigue en ebullición en Chiapas, el estado más sureño de México. Está visible en los eslóganes pintados con aerosol en las paredes, y es parte de las peroratas pronunciadas en la plaza mayor de la encantadora ciudad de San Cristóbal de Las Casas. En las calles, puestos de libros ofrecen obras sobre revolución y justicia social, y los enfrentamientos de las guerrillas con las tropas del gobierno son un recuerdo reciente. Hoy todo esto está cambiando, al menos en algunos hogares. En las colinas y en los arrabales de las ciudades del estado de Chiapas, muchas mujeres han comenzado a disfrutar una independencia y un respeto impensables hace una década.
Algunos expertos dicen que el espíritu revolucionario tiene su raíz en la pobreza; Chiapas figura en el renglón de la pobreza y también en las injusticias acumuladas por una numerosa población indígena durante mucho tiempo relegada a los márgenes políticos y sociales.











