Hay una larga tradición de películas sobre mujeres en esta clase de búsqueda y muchas son nobles e intensas, desde Stromboli, de Roberto Rossellini, hasta Refugio para el amor, de Bernardo Bertolucci. En ambos casos, el viaje y la angustia se funden con un paisaje arrollador. En la estupenda Safe, de Todd Haynes, la desconexión vital es el resultado de una angustia ante las exigencias de la sociedad de consumo. Sin embargo, en Comer, rezar, amar (Eat pray love, 2010) es el consumo el único escape para la angustia.
Elizabeth (Roberts) es una mujer neoyorquina que llega a un punto en su vida en el que se cansa del compromiso, de no saber qué es la soltería, de buscar la felicidad y de vivir dentro de lo seguro, de esa insatisfactoria monotonía. Son estas algunas de las razones por las que decide emprender un viaje de un año a Europa y Asia; lugares donde se conocerá a sí misma, y aprenderá de nuevas culturas y personas que la enseñarán a ser más fuerte e independiente.
Inicia el viaje
La historia es una adaptación de la novela autobiográfica y homónima de Elizabeth Gilbert, elegida por The New York Times como uno de los cien libros relevantes de 2006. En términos generales, el filme sigue la línea de la novela, el grueso de la trama es casi idéntico pero en una versión dulcificada y más digerible. En esa misma línea “amable”, Ryan Murphy, el director de las series Nip tuck (2003-2006) y Glee (2009-2010), se aseguró un éxito taquillero con la sola presencia de Julia Roberts y Javier Bardem.
Las primeras escenas muestran a Liz en Bali trabajando en un reportaje sobre un curandero indonesio llamado Ketut Liyer (Subiyanto), quien prevé su futuro. Le dice que vivirá mucho tiempo, acumulará experiencias y amigos a su vida, perderá todo su dinero pero se repondrá, se casará dos veces, volverá a Bali, y se hará amiga de él, Ketut, que le enseñará todo lo que sabe. Liz usa estas predicciones como trampolín para buscar alternativas que la saquen de su frustración personal. Las toma como un punto de partida para encontrar nuevos intereses y ambiciones.
Primero, presentarse con Dios: “Hola, Dios, ¿qué tal? Soy Liz, encantada de conocerte”. Siguiente paso, divorciarse. La separación la conduce, a su pesar, a los brazos de otro hombre. Tercer paso, emprender un viaje de un año a Italia, India e Indonesia. Tres escalas geográficas que corresponderán a las subsecuentes etapas de su búsqueda interior.
Una obra sanadora
En la obra original, Gilbert describe cómo atravesó por un proceso mucho más complicado que el tour gastronómico de Liz para llegar a su paz interior. Incluso menciona que su esposo la odió tras su divorcio. Conforme avanza la trama, revela aspectos de su personalidad tanto positivos como negativos que dibujan a una mujer mucho más común y corriente que las princesas contemporáneas que Roberts suele interpretar.
En el filme resulta casi imposible que alguien desprecie a esta siempre adorable viajera; los hombres le llueven y ella sólo tiene que elegir al afortunado. Además se muestra como una mujer fuerte cuyas decisiones son casi siempre correctas y aparenta tener un ángel de la guarda que la guía en todo momento.
Por su parte, Gilbert pone en claro las razones de cada paso que da. Por ejemplo, su viaje a Italia lo justifica por el amor que siente por el idioma, y añade datos históricos sobre la lengua en ese país. Enfatiza su pasión por conocer el mundo y aclara la razón de sus destinos: además de Italia, India por la espiritualidad (que comenzó a explorar en Nueva York) y Bali para concluir su viaje con las enseñanzas del curandero.
En la cinta, de un momento a otro, vemos a Liz en Roma decidida a darle un nuevo arranque a su vida. En la India descubre el poder del ashram. Nuevamente todo encaja en su lugar, las amistades empiezan a fluir y Liz conoce a Richard (Jenkins), un hombre que también reside en la India para escapar de la realidad. En Indonesia la trama decae.
Aquí se reúne nuevamente con Ketut, el curandero, y conoce a Felipe (Bardem), que se añade a la lista de conquistas de la protagonista. Con los paisajes de postal como contexto, la historia da nuevamente un previsto giro amoroso, y el encuentro de los enamorados y los diálogos entre ellos caen dentro del más pastoso cliché hollywoodense.
Al filme le falta esa línea de riesgo que incluye el libro; a Liz nunca la asaltan o se enferma (con excepción de algunas ronchas en su cuerpo) o la estafan; salta de una nube a otra conforme cambia de ciudad. En cambio, Gilbert narra con la misma importancia que le da a los paisajes o la comida las dificultades en su viaje: se le enciman problemas legales de su divorcio y dificultades monetarias. De hecho, según explica, pudo pagar su travesía gracias a un adelanto que recibió para escribir el libro.
A diferencia del trabajo original, Comer, rezar, amar muestra a una caricatura, desprovista de defectos, en un viaje idílico, sin percances y difícil de sustentar, en un mundo donde la gente es bondadosa en todos lados y sus vidas están a la merced de una gringa perdida.
Una película femenina
La película está bañada de femineidad. La fotografía es sobria y maravillosa, los personajes femeninos un poco sosos y los masculinos o ridiculizados o cerrados, los diálogos son extremadamente perfectos y el propio desarrollo de la protagonista parece no avanzar demasiado, llegando a molestar, pero ahí aparece la sonrisa de Julia Roberts y por un rato uno se olvida de lo demás. Con esto digo que ella es perfecta para el papel, pues irradia un ángel único en una película cuyo personaje no es el que cause más empatía con el espectador.
El paso de varios personajes secundarios en las distintas locaciones también ayuda a que la película no sea un aburrimiento eterno, y aporta a la historia algo de las diferentes culturas mostradas en las imágenes. Franco personifica uno de los papeles más olvidables de su carrera, sin brillo, interpretando a un actor de teatro.
Bardem como un latin lover brasileño, la verdad es que no pega mucho, y al lado de Roberts no tiene mucho atractivo, pero su personaje, sin ser muy complejo, es el equilibrio para la protagonista y logran cierta chispa juntos. Pero no la suficiente para traspasar por la pantalla aquella química.












