Convocatoria para la fiesta de la última teja

Las tejas son adornadas para la fiesta
Las tejas son adornadas para la fiesta

Tal y como narra el escritor Eraclio Zepeda en su cuento “Patrocinio Tipá”, en donde aborda el tema de la fiesta de la última teja con la que se finaliza la construcción de una casa, el Museo de la Ciudad invitó al público a sumarse al concurso denominado La Última Teja, que consiste en revivir esta actividad.

Los interesados en ser parte de esta actividad pueden solicitar al Museo de la Ciudad una teja, la cual deberán llevar perfectamente bien adornada, teniendo como fecha límite el 28 de septiembre a las 18:00 horas para la entrega de la misma.

El adorno de la teja deberá ser de acuerdo con la tradición. Dada la naturaleza de la convocatoria, los participantes tendrán la oportunidad de que su teja sea expuesta en el marco de la reapertura de este lugar que ha permanecido cerrado estos últimos meses.

La tradición dice que la fiesta de la última teja es celebrada al finalizar la obra de construcción o remodelación de una casa, para lo cual hay que nombrar padrinos y madrinas, quienes llevarán la teja adornada con papel y otros materiales, haciendo replicas de muñecos, animales, barcos entre otros elementos, para luego ser colocada en el techo y celebrar con cohetes y triques.

Además, los padrinos son los encargados de llevar comida tradicional y música para festejar que la casa ha sido terminada.

Remodelación

El Museo de la Ciudad se encuentra desde hace un tiempo en sus últimas remodelaciones y acabados, por lo que no tarda en ver concluidos los trabajos, aunque todavía no hay fechas de manera oficial, solamente circula en las redes sociales esta convocatoria.

A continuación te dejamos parte del cuento de Eraclio Zepeda titulado “Patrocinio Tipá”, que puedes encontrar en el libro Cuentos y relatos y en el primer libro de cuentos del autor, Benzulul.

Patrocinio Tipá

Patrocinio Tipá construyó su casa. Él mismo fue haciendo las paredes. Los vecinos le ayudaron a colocar las puertas y las vigas. Porque así es la costumbre por estos lados.

Cuando la casa estuvo terminada, Patrocinio Tipá envió las tejas que deben mandarse a las madrinas de la casa. Escogió las diez mejores, las más rojas, las más pulidas, y escogió el sitio exacto en que deberían de ser colocadas cuando las madrinas las devolvieran con las figuritas de adorno, para que la casa estuviera contenta, y hubiera siempre calma bajo el techo. Y de esas diez tejas escogió la mejor, y con barro hizo un caballito que él mismo colocó sobre aquélla y la envió a la casa de la madrina mayor, porque así es la costumbre por estos lados.

—Nombré madrina mayor a ña Petra Cunjamá para que ella llevara al borrego del bautizo. También alisté la música y el trago. Iba a ser fiesta buena como salió realmente.

A las cinco de la tarde empezaron a llegar los amigos del Patrocinio Tipá. Ya los músicos estaban esperando hacía rato. Desde San Fernando vinieron ese día para tocar en Juan Crispín, en la fiesta de la última teja de la casa del Patrocinio.

—Fue al Fidel Aquino y a sus hijos a los que traje pa que tocaran. Los mismos que hicieron la música cuando me casé con la Consuela. Quise que fueran ellos pa ver si todo volvía a comenzar como en denantes y echábamos la salazón pal otro lado. La Consuela se peinó sus trenzas como cuando era muchacha y se puso ropa nueva y estaba muy animada. Desde la muerte del Floreanito la risa se había pelado de su cara pero ahora estaba contenta. Como que quería gozar mucho porque estaba como presintiendo algo.

Después llegaron las familias invitadas. Al ratito las madrinas con sus tejas arregladas con papel de China y polvo de brillo. Algunas tenían hasta palomitas besándose recortadas en cartón.

—La Consuela recibía las tejas con mucha satisfacción. La casa estaba bonita dicho sea sin presumir. Al rato asomó la madrina mayor; traía un borrego todo vestidito con listones y papel de China y con la cara pintada. Hermoso estaba el borrego pero yo desde que lo vi se me puso algo que me dio mala espina porque tenía dos patitas blancas y esa es mala cuestión. Trae sal. Y ya pa sal estaba bueno.

La música empezó a sonar y La Esperanza reventaba de puro gusto. Las parejas salieron al patio para bailar los sones.

—Mi Consuela estaba animada. La pobrecita volvió a bailar sola en la mitad del baile, con los ojitos cerrados, como si estuviera soñando, y los brazos caídos y yendo de un lado pal otro sin que le viera mover los pies como si fuera un trompito dormido. A mí me tenía muy contentó verla otra vez como cuando la conocí, porque desde la virgüela no había querido ser como en denantes. De vez en cuando, bailando, se reía como en sueños y todos la veían con cariño, y de verdá parecía que no tuviera marca de virgüela.

A las seis de la tarde se empezó a abrir el agujero para el borrego en la mitad de la casa.

—Los cohetes tronaban cada poco, en tandas de quince. El chucho brincaba tras las varas como si quisiera morder el fuego. ¡Cómo me hubiera gustado que estuviera el Floreanito!

A las seis y media paró la música. Todos se acercaron a la casa y las madrinas recogieron sus tejas vestidas y yo me subí al tejado pa recibirlas. Las madrinas me las iban dando y yo las colocaba en su lugar en el mero lomo del tejado. Al final coloqué la teja de la madrina mayor, ña Petra, que fue con la que cerró la tapa de la viga. Todos echaron aplauso. Luego le puse su cruz pa que no anduvieran rondando espantos por la casa.

Patrocinio estaba con el gusto metido adentro de los huesos. Veía su casa nueva con el adorno de las tejas de fiesta. Levantó la cara y vio al cielo y los ojos se le llenaron con la luz anaranjada de la tarde. No había nubes. Ese año iba a llover tarde.