Crean cómic sobre Kahlo y Diego Rivera

Frida Kahlo. ¿Para qué quiero los pies si ya tengo alas para volar?
Frida Kahlo. ¿Para qué quiero los pies si ya tengo alas para volar?

La pintora mexicana Frida Kahlo, que terminó harta de los surrealistas del París de los años treinta, se ha reconciliado con Francia a través de una novela gráfica sobre el cosmos de creación, política y erotismo que rodeó a la musa de Diego Rivera y amante de León Trotski. El álbum, de la editorial francesa Delcourt, se centra en el triángulo de infidelidad, confrontación ideológica y fertilidad creativa que formaron la libérrima Frida, el orondo pintor comunista y el disidente soviético con barba de chivo. “No volvamos juntos a La Casa Azul. Sal primero, te sigo en media hora”, le dice Trotski a Frida, ambos desnudos y recostados en una viñeta con fondo pastel de una tarde de 1937 que ilustra el trazo ágil de Flore Balthazar y redacta Jean-Luc Cornette. El cómic, bien acogido por la crítica del mayor mercado de Europa para el noveno arte, indaga sobre “la personalidad, la fuerza, la independencia y el talento que hacen de Frida un personaje perfecto”, explica Balthazar. “Su universo es muy fuerte, incluso violento”, agrega la dibujante, que viajó tres semanas a México para impregnarse de los colores, las plantas y la luz que conoció en vida Frida, una de las pintoras más célebres de la historia del arte. Las 128 páginas del álbum, rematadas por una reseña biográfica, parten de los tres años que Trotski pasó exiliado con su esposa en Ciudad de México, desde 1937 y hasta su asesinato en 1940 a manos del agente soviético español Ramón Mercader. El singular matrimonio entre la señora Kahlo y el señor Rivera, alejados de los convencionalismos burgueses e instalados cada uno en una casa independiente, acogió al opositor ruso y a su mujer, perseguidos ferozmente por Stalin. Eran los días de mayor éxito de Diego Rivera, estrella internacional que podía incluso permitirse ofender a las poderosas estirpes financieras al ocultar un retrato de Lenin en un mural que le habían encargado para decorar la entrada del que sería el Rockefeller Center de Nueva York. El desmesurado pintor, mujeriego empedernido y devoto de su musa pintora, abre las puertas de su mundo y del de Frida a Trotski, que participará en los enredos amorosos de la pintora en una casa donde la libertad de movimientos era la norma, y los celos, la excepción.