El pollito
En unos días la niña festejaría sus cuatro años de nacimiento y pedía de regalo un perrito raza dálmata. Pero a sus padres no les parecía tener una mascota, por el espacio pequeño de la casa, y las atenciones que habría de brindarle. Sin embargo, ellos no querían entristecerla; de tal modo, la mañana anterior al cumpleaños, acordaron cumplir el deseo de su hija y salieron a comprar un cachorro en una veterinaria.
Esa mañana, cuando la pequeña abrió el regalo, su rostro cambió de color y sus ojos humedecieron. Pero su asombro no fue de gusto sino porque en lugar del perrito que tanto le ilusionó había en la caja agujereada un animalito diferente. ¡Y yo para qué quiero un pollito!, rezongó enfadada la inocente niña. Y si no lo arrojó por los aires fue porque le causó curiosidad oírle clamar: ¡Pío, pío! La niña hizo un gesto de indiferencia, pero no le quitó la vista. Ahí estaba el pollito de color amarillo, indefenso. A la niña le causó ternura y lo tomó entre sus manos. ¡Yo no quería un pollito!, dijo resignándose a quedarse con ese animalito, mientras un par de lágrimas recorría su mejilla. Su padre, visiblemente conmovido, le prometió: Hijita, si lo cuidas, le das de comer y le creas un espacio para que tenga dónde dormir, te compro un perrito. ¿Dálmata?, preguntó emocionada. ¡Exacto! La pequeña tomó al pollito entre sus manos y se dirigió a su cuarto. En lo que se alejaba, susurró: ¡Ladra! Días después, la niña acariciaba al pollito y le daba de comer. Naturalmente, el pollito no cambió de apariencia, ni ladró, pero la niña aprendió a piar.
Mosca
Esa mañana me encontraba desayunando huevos con jamón y frijoles refritos, acompañados con un jugo de naranja. En eso, una mosca detuvo su vuelo en mi plato. Molesto, fui a la sala por el matamoscas. Como tardé un poco en regresar, la mosca había volado. Con todo, me sorprendió ver el plato vacío. La mosca sí que tenía hambre, dije. Obviamente supe que la mosca no tenía nada que ver con el plato vacío. Pensé luego en mi hijo de seis años, deduje que se levantó de la cama y, por su apetito voraz, merendó mi desayuno. De pronto, una silla se movió, levanté el mantel de la mesa y observé a mi hijo que, acurrucado, engullía el último bocado.
—¡Te pillé!— le dije.
—No me culpes, pá— imploró. Es que vi una mosca parada sobre tu desayuno y, en vez de que lo disfrute ella, mejor lo disfruto yo.
—Bien, bien, no más explicaciones. Pero… si no tienes culpa, ¿de quién te ocultas abajo de la mesa?
—De la mosca.











