Dando rostro al parachico

"Sara Regalado * CP. Don Antonio López Hernández, mascarero y artesano de escultura en madera originario de Chiapa de Corzo, llevaba ya un tiempo hablando sobre su trabajo y las experiencias y satisfacciones que éste le ha dejado, cuando un transeúnte que iba pasando entró a su taller, se inclinó ante el artesano y lo saludó de mano. ""¡Padrino, mi respeto para usted! Estaba yo preso en el Amate y te miraba yo en la tele que te estaban entrevistando por preservar la tradición. Yo dije: 'Uta, éste es mi paisano; si yo soy de allá, yo lo conozco'. Ahorita te estoy viendo en vivo, maestro de maestros. Ya no va a haber otro como tú. ¡Ya viene la fiesta, ya van a salir los parachicos! Ahí le voy a traer mi máscara para que me la arregle"", dijo la efusiva y espontánea visita y salió dando el grito tradicional del parachico del taller.

Este suceso y el estar viendo la calidad de la obra terminada de don Antonio pudo más que cualquier palabra que él mismo pudiera decir sobre su oficio, pues no es él quien lo presume; el mismo pueblo de Chiapa de Corzo lo reconoce: en la hechura de máscaras, es maestro de maestros

Antonio López tiene muy presente la fecha, un 22 de febrero de 1952, cuando entró por primera vez al taller de quien sería su maestro, el artesano Miguel Vargas Jiménez. Desde entonces, su vida se ha desarrollado en un taller rodeado de madera, sierras, flexómetros, escuadras, machetes, serruchos, compases, gubias, pulidores y otras herramientas con las que se ayuda a hacer un trabajo magistral.

El señor Antonio es capaz de sacar de un pedazo de madera de 20 por 18 centímetros y 12 de grosor una auténtica máscara, siguiendo el modelo tradicional del parachico; pero reconoce que incluso las tradiciones evolucionan, como sucedió en 1963, cuando por primera vez talló una máscara de parachico barbada. ""Me salí un poquito de la tradición pero de todas maneras el cambio se iba a hacer, porque ese mismo año que yo saqué la primera máscara barbada, otro maestro que se llamaba Francisco Jiménez también lanzó una máscara barbada. Entonces, si no lo hubiera sacado yo, de todas maneras hubiera evolucionado"", explica.

Sin embargo, su afán por que se siga haciendo un trabajo de calidad, sin importar de los cambios que vaya exigiendo la sociedad o la creatividad del artista, lo ha llevado a preparar a toda una generación en la talla de madera, formando a más de 20 personas, aunque, de éstas, actualmente sólo ocho se dedican a la talla de madera y viven del oficio.

Justo en el rubro de la enseñanza, independientemente de la técnica, don Antonio tiene muy clara la herencia más valiosa que debe dejar a sus alumnos: trabajar con pasión. ""Muchos lo hace sólo con un fin lucrativo, y por eso lo hacen lo más pronto posible, no se ponen a pensar que debe ser un trabajo bien hechicito. Esto se debe hacer por amor, por cariño, no le hace que no deje buenos dividendos, pero sí nos deja una satisfacción grande de hacer las cosas bien. Cuando gusta el trabajo, ni se siente. Ahorita llevo en el taller desde las seis de la mañana, pasan de las tres de la tarde y no he comido; pero me alimenta también esto, me siento contento haciéndolo"", explica el artesano, Premio Nacional de Ciencias y Artes 1998.

Asimismo, reconoce que una de las más grandes satisfacciones que le ha dejado su oficio es el reconocimiento que ha alcanzado a nivel internacional y que sus piezas se exhiban en diversas partes del mundo, pero afirma que él también ha puesto a la máscara de parachico en alto: ""Yo coloco a la máscara y ella me coloca a mí, estamos pagados. Como decía mi maestro: 'Pan por mi dinero, no le debo nada al panadero'; así pasa también en esto"".

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