El origen de Festina Lente, obra de la coreógrafa Daniela Urías (Sonora, 1990), se remonta a mayo de 2024, cuando hizo una residencia artística en el Ballet Hispánico de Nueva York, descrito por ella como un espacio de creación para artistas y coreógrafos, emergentes, que buscan explorar sus ideas bajo condiciones propicias: el tiempo o el trabajo junto a otros artistas, por ejemplo. “Son condiciones, entonces, que te permiten, de alguna forma, entrar a un espacio que sea lúdico, que no tenga el propósito como tal de terminar con una pieza ejecutada y producida. Creo que ese elemento de libertad creativa fue, para mí, muy valioso”, refiere.
También está el hecho de enfrentarse a otro contexto cultural y trabajar con bailarines de una compañía que tienen una línea y un lenguaje corporal ya determinado, más apegado a la danza clásica.
Así, en el proceso creativo, se le fueron revelando las formas, las estrategias y los métodos de dirección pertinentes.
“En ese tiempo de trabajo tuve la oportunidad de hacer esas semillas, que eran inquietudes mías. En esos primeros brotes, pude detectar ciertas imágenes que posteriormente quise trabajar para la pieza ya terminada”, expone.
Creación
Describe a Festina Lente como una pieza con ocho cuerpos en escena que tienen el papel de criaturas urbanas: “A veces hago referencia a ellos como cuerpos-máquinas que operan bajo la lógica actual, en la que el tiempo es una moneda de cambio. Donde la idea persecutoria de tener que rendir más siempre nos afecta. Cuerpos conviviendo en un espacio, un entorno donde hay otros cuerpos que, a su vez, tienen esta mentalidad y empiezan a reconocerse entre sí. Y empiezan a desdoblar esta parte humana que tienen y les hace justamente regresar a una presencia para habitar el tiempo y no estar solo al servicio de él; regresan a gestos y rituales que nos hacen humanos, y ese proceso evolutivo puede verse a través de ciertos conflictos donde los vestigios de estos cuerpos, sus vestigios de humanidad, siempre salen a la superficie”.
Añade, de forma más coloquial, que, como especie, la humanidad está en un punto donde ha desplazado todo aquello que le permite experimentar la vida plenamente. A lo largo de la obra se muestra cómo estos cuerpos/personajes/bailarines regresan a ese estado: “Se presenta al cuerpo-máquina, un cuerpo mecánico, un cuerpo que repite y va sin importarle lo que está pasando a su alrededor”.
Añade que “hay un proceso de sensibilización que sugiere la pieza para que este colectivo de cuerpos —es un colectivo porque no se trata solo de lo individual—, encuentre esa plenitud, ese goce y ese placer al estar con otros. Esa conexión es importante porque trabajamos siempre con un gesto medular: el gesto del abrazo, visto desde ángulos diferentes. Aparte de que los cuerpos pasan por este proceso de transformación, también la idea del tiempo pierde poder”.












