El siguiente texto es de la autoría de Gilberto Piña.
El lugar inicial de donde mana lo poético es, según Aristóteles, la fábula, la trama que el poeta inventa, incluso cuando recoge relatos tradicionales, el tema de la llamada área inicial de difusión o de extrapolación del modo poético, tiene una enorme importancia para la siguiente contraposición. A primera vista, este área es muy limitada, pues solo incluye la epopeya, la tragedia y la comedia. Pero esta referencia inicial es, precisamente, lo que permite oponer el acto poético al acto retórico. El acto poético es una invención de la trama de una fábula; el acto retórico, una elaboración de argumentos. Ciertamente, hay poética en la retórica, en la medida en que “hallar” un argumento (la heúresis del libro primero de la Retórica) equivale a una verdadera invención. Y hay retórica en la poética, en la medida en que se puede hacer que corresponda a toda trama un tema, un pensamiento (diánoia, según la expresión de Aristóteles).
Pero el acento no recae en el mismo lugar: el poeta, propiamente hablando, no argumenta, aunque sus personajes lo hagan; el argumento sirve solamente para mostrar el carácter del personaje en la medida en que éste contribuye al desarrollo de la trama. Y el retórico no crea una trama, una fábula, aunque en la presentación del caso esté incluido un elemento narrativo. La argumentación depende fundamentalmente de la lógica de lo probable, es decir, de la dialéctica, en el sentido aristotélico de la palabra (y no platónico o hegeliano), y de la tópica, es decir, de la teoría de los “lugares”, de los tópoi, que son esquemas de ideas admitidas, apropiadas para las situaciones típicas.
Por otra parte, la invención de la trama de la fábula es fundamentalmente una reconstrucción imaginaria del campo de la acción humana-imaginación o reconstrucción a la que Aristóteles aplica el término mimesis, es decir, imitación creadora.
Desgraciadamente, una larga tradición hostil nos ha hecho entender la imitación en el sentido de copia, de réplica de lo idéntico.
Y no comprendemos en absoluto la declaración central de la Poética de Aristóteles, según la cual epopeya, tragedia y comedia son imitaciones de la acción humana. Ahora bien, precisamente porque la mimesis no es una copia, sino una reconstrucción mediante la imaginación creadora, Aristóteles no se contradice; él mismo se explica al agregar: “la fábula es la imitación de la acción, pues llamo aquí fábula al entramado (synthesis) de los hechos ocurridos”.
¿Cuál es, pues, el núcleo inicial de la poética?
La relación entre potesis, mythos y mimesis-, dicho de otro modo: la producción, la trama de la fábula y 1ª imitación creadora.
La poesía, como acto creador, imita en la medida en que engendra un mythos, la trama de una fábula. Hay que oponer esta invención del mythos a la argumentación, como foco generador de la retórica. Si la ambición de la retórica encuentra un límite en su preocupación por el oyente y su respeto a las ideas recibidas, la poética designa la brecha de la novedad que la imaginación creadora abre en este campo.
El auditorio del poema épico o trágico es el que un recital o una representación teatralcongrega, es decir, el pueblo, no como árbitro entre discursos rivales, sino el pueblo sometido a la operación catártica que ejerce el poema. Por kátharsis hay que entender algo equivalente a la purga en sentido médico y a la purificación en sentido religioso: un esclarecimiento producido por la participación inteligente en el mythos del poema. En consecuencia, lo que hay que oponer, en última instancia, a la kátharsis es la persuasión.
Al contrario de toda seducción y de toda adulación, consiste en la reconstrucción imaginaria de dos pasiones básicas mediante las cuales participamos en toda gran acción: el miedo y la compasión; estas pasiones se encuentran en cierto modo metaforizadas por esta reconstrucción imaginaria en que consiste, gracias al mythos, la imitación creadora de la acción humana.
Así entendida, la poética tiene también su foco de difusión: el núcleo potesis, mythos-mimesis. A partir de este centro, puede difundirse y abarcar el mismo campo que la retórica. Si, en el ámbito político, la ideología lleva inscrita la huella de la retórica, la utopía lleva la de la poética, en la medida en que la utopía no es otra cosa que la invención de una fábula social capaz, al parecer, de “cambiar la vida”. ¿Y la filosofía? ¿No nace también en el campo de irradiación de la poética? ¿No dice el propio Hegel que el discurso filosófico y el discurso religioso tienen el mismo contenido, y que solo se diferencian como el concepto difiere de la representación (Vorstellum) prisionera de la narración y del simbolismo.
El pensamiento filosófico, al no poder verificarse empíricamente, se desarrolla mediante argumentaciones que tienden a hacer que admitamos ciertas analogías y metáforas como elemento central de una visión del mundo.
La conversión de lo imaginario. Este es el objetivo central de la poética. Mediante esta conversión, la poética agita el universo sedimentado de las ideas admitidas, premisas de la argumentación retórica. Esta misma ventana que abre lo imaginario perturba, a la vez, el orden de la persuasión, pues no se trata tanto de zanjar una controversia como de engendrar una nueva convicción. El límite de la poética, desde ese momento, es, como había advertido Hegel, la impotencia de la representación para equipararse al concepto.
La comprensión es el entendimiento, el resultado de la interpretación, que también se da mediante la comprensión.
La interpretación descifra el sentido figurado a través del sentido literal; es la explicación de la comprensión. La aplicación aparece en los juicios emitidos en la práctica. “Es la posibilidad de referir a la existencia del lector o al tiempo presente la significación de un texto o de una obra”.
La hermenéutica logra cabalmente su objetivo de interpretación mediante la palabra y en la palabra, por ello afirma Ricoeur; la literatura es la interpretación por excelencia, puesto que el lenguaje constituye la única expresión completa y total del interior human.
En este sentido Octavio Paz, nos sinonimia la poesía y lo poético como una mirada, una posibilidad, un intento.
Todo poema en sí se vuelve un intento, una mirada al paisaje de la poesía, por ello la importancia de la palabra (que es posibilidad y límite al mismo tiempo). Sin la palabra, sin el lenguaje no existe el proceso de comunicar y toda comunicación influye en el mundo.
El lenguaje esta dado en los términos de medida: la respiración. Así también lo está toda medida de la poesía, quien entre la respiración y el silencio; cobra sentido.
La unidad de la frase dentro del poema, lo da el ritmo; dicen muchos poetas que dicha unidad está dada por la métrica y por la rima de los versos entre sí; sin embargo a riesgo de realizar una interpretación errónea, también dicha unidad está en función del silencio.












