El siguiente texto de la autoría de Gilberto Piña Vela se titula “La poesía: entre literatura, ciencia y religión”.El fenómeno de lo poético no es propiamente de la literatura. El hecho de transgredir los límites del lenguaje, de romper sus significados y crear y recrear imágenes que no corresponden propiamente al uso social del lenguaje. El mejor regalo que le han dado lo dioses a los hombres es la palabra. Según los mitos griegos, “fue Prometeo quien nos trajo la luz”, está luz que nos hace discernir entre qué es una cosa y que no lo es, y lo que ordena el mundo.
Cuando nació la filosofía, ya la poesía era mayor de edad. Estos universos pronto se entrelazaron y permitieron que el ser se revelara en la belleza de la palabra. Desde entonces “reina entre la poesía y la filosofía una cercanía enigmática.”
De este intercambio continuo surgió dentro de la poesía una presencia filosófica que se constata a lo largo de la historia de la literatura. A su vez, la filosofía se inclinó sobre la poesía en una reflexión, que muchas veces era auténtica poesía.
En Occidente se encuentra su origen en el poema de Parménides y en los fragmentos recuperados de Heráclito.
Desde la Grecia clásica, el hombre aprendió a combinar la poesía y la filosofía; es decir, la belleza y el saber. En Oriente, la poesía, la filosofía y la religión permanecieron unidas, sin rupturas, en auténtica comunión espiritual.
Que exista una filosofía en la poesía no puede sorprender a nadie, pues, como es sabido, todo gran poeta, en algún momento de su inspiración, se ha enfrentado con el misterio del ser y del no ser, de la vida y de la muerte, de la cósmica ausencia, de la identidad perdida y, en ocasiones, recuperada. Toda lengua tiene su poeta filósofo, quien se multiplica en numerosas voces: el latín tiene a Lucrecio y a Virgilio; el francés, a Mallarmé y a Valéry; el inglés, a John Donne y a T. S. Eliot; el alemán, a Hölderlin o a Rilke; el italiano, a Dante o a Ungaretti; el español se bifurca en dos filiaciones: el poeta filósofo peninsular, como Machado o Guillén, y el americano, como Mistral o Vallejo.
También Pessoa, Szymborska o Pasternak han hecho filosofar a su lengua materna a través de la poesía. En ellos aparecen de nuevo Parménides y Heráclito en su renovada frescura primigenia; mirada sorprendida, asombrada, del niño que descubre por primera vez el mar.
Así, la palabra, y en especial el discurso lírico de la poesía es el hogar del Ser, como mostró Heidegger. Además, es el hogar del hombre: historia estetizada. La poesía funde en el crisol de la palabra a la ontología, la antropología y la estética. ¿Expresa la poesía un saber filosófico? ¿Es filosofía la poesía? Platón expulsó a los poetas de la ciudad ideal. Pero él mismo es un poeta, un filósofo-poeta o un poeta-filósofo. ¿Se expulsará Platón a sí mismo?
En ocasiones, lo conocido es un buen punto de partida; en este caso, lo conocido es la constatación de que tanto la poesía como la filosofía se expresan —¿se construyen?— en palabras. No existe duda de que son diferentes; pero tampoco se distancian demasiado. Se podría afirmar que se acercan en sus resultados y estos se traducen en palabras, aunque se alejan tanto en su método como en el eje sintagmático de su objetivo. La palabra unifica, pero también separa. Por eso, la lógica de la lengua es un buen punto de partida.
La palabra pretende atrapar lo inaprehensible y la voz, al silencio. Es una tarea imposible; es Sísifo que lleva eternamente una carga. Una comparación más propia es su analogía con un koan: el enigma que no se responde o que se responde más allá de la palabra. La respuesta racional nunca es la apropiada; cuanto más cerca se cree estar, más extrema es su respuesta. También así es el Ser en la poesía: un elusivo koan. Hace creer que es la meta, cuando tan solo es el camino. O quizá la meta es el propio camino. Elisión asintótica del Ser en la palabra.
La filosofía tanto como la poesía interpretan la realidad. En este sentido son hermenéuticas en sí mismas. El filósofo y el poeta son los vates del Ser. De esta forma, la dimensión estética señala y dirige su marcha hacia la ontología de la realidad; al sobrepasar la subjetividad, abre el horizonte a la aporía del discurso ontológico.












