En el siguiente texto de Gilberto Piña Vela, el autor nos habla de la “Hermenéutica de lo poético”:Pero el lector es también intérprete; y un intérprete privilegiado, pues se encuentra instalado en el ser. Es intérprete de la interpretación desde su ontología particular, su Dasein. Es una hermenéutica de segundo orden, de observador observado, de hermeneuta interpretado. El ser que se manifiesta en la palabra es el ser interpretado por el hombre, pero la interpretación no viene como un añadido del lenguaje, sino que es consustancial a este. El hombre se revela en la palabra, esencialmente en la palabra poética. Por este motivo, la poesía no es simple imitadora de la realidad. No cabe, en sentido estricto, una poesía imitativa. Siempre es interpretación, reconstrucción hermenéutica y antropológica desde la palabra.
Aunque la poesía es susceptible de ser interpretada filosóficamente, es en sí misma el objeto de su propia interpretación. No admite otra exégesis, bajo el riesgo de caer en el desplazamiento hermenéutico que rehuye y elude el significado, y que en ocasiones no es sino el espejo ante el cual se refleja la imagen, no siempre nítida, del lector. Pero esta aserción no implica que sea excusable la tesis de una literatura única, comparable sin mediaciones, como en ocasiones se ha pretendido erróneamente.
Cada literatura se estructura en sí misma desde su lenguaje y desde su tiempo; a partir de este punto de vista, es inmanente, pero es también trascendente, ya que se origina en un contexto histórico definitivo que la envuelve y la condiciona.
Por este motivo, el poema es un universo en sí mismo; en rigor, es un campo de interacciones múltiples. Su función no es directamente la reflexión racional, que no es lo mismo que irracional. Es un lugar común decir que en la poesía no existe la distinción entre fondo y forma, pues en ella se funden inseparablemente estructura y contenido. Sin embargo, aceptando este principio, también en la poesía hay grados, niveles o dimensiones que es conveniente precisar. Por ejemplo, existe una poesía que es el reino de la palabra sonora y musical y que se presta a la declamación (Nicolás Guillén); pero la poesía con contenido filosófico, la poesía filosófica, requiere reflexión y meditación (Lucrecio, Blake, Machado, Rilke...).
Dentro del propio universo de la poesía se encuentra la región que pretende integrar la función expresiva esencial de la poesía con la reflexión: es la poesía filosófica, en ocasiones mal llamada poesía metafísica. En esta poesía se reúne la expresión esencial de la palabra con el conocimiento. Dejando de lado la extrema trivialización en que a veces ha caído, y obviando algunas meditaciones poéticas de baja calidad, en general esta tendencia ha contado con excelentes resultados. Para precisar mejor lo dicho, hay que reconocer que en esta poesía filosófica existen tres corrientes distintas: la creación poética que llega a la filosofía (Valéry, Paz), el pensamiento filosófico poetizado (Lucrecio) o una mezcla indefinible de ambas (Nietzsche). Si bien en toda poesía se expresa el Ser a través de la palabra, en el caso de la poesía filosófica es más patente la unión del conocimiento y de la belleza; de episteme y estética.
Por otra parte, la poesía es reconstrucción de la palabra (interpretación, hermenéutica), pues toda lectura supone la reconstrucción de un camino intelectual desde el existir, camino que realiza el lector. Por eso ha sido frecuente hablar de la interpretación o de la traducción, que en el fondo no son sino una y la misma cosa. El sabio y polémico George Steiner ha dicho lo siguiente sobre este tema: “Comprender la filosofía, comprender la poesía, significa poner a prueba la interpretación, exigir y confiar al mismo tiempo en que se avanza por un terreno lingüístico inestable. (...) Entre el poema o texto metafísico más oscuro y la prosa más llana, el problema de la traducibilidad solo registra variaciones de grado. El lenguaje, dice Croce, es intuición, en cualquier sentido riguroso y exhaustivo todo acto lingüístico carece de precedentes”.
Pero, mientras que la filosofía admite y exige la interpretación para desentrañar textos metafísicos abstrusos, la poesía la elude. Ya lo advierte el aforismo patrístico, tan caro a Lutero: “La Biblia es la mejor intérprete de sí misma”. De igual modo, la poesía es la mejor intérprete de sí misma.












