"En la Grecia de Platón y Aristóteles, ser mujer no era, desde luego, algo deseable, porque las mujeres tenían el mismo status social que los esclavos. Lo cual suponía que no tenían derechos cívicos de ninguna clase, ni participación política. Hoy en día, las mujeres tenemos derechos dependiendo del lugar en el cual vivimos. Las mujeres que residimos en el Distrito Federal tenemos derechos que no son reconocidos a las mexicanas que viven en el resto del país, aunque nos cobija la misma constitución.
Aunado a los códigos civiles desiguales que nos rigen, también estamos inmersas en un grupo social que determina qué debemos ser, dependiendo de nuestro sexo. Por el solo hecho de ser hombres, al género masculino se le asignan poderes sobre la vida de las mujeres; piensan que pueden controlar sus vidas, a grado tal que el ejercicio de este poder mantiene a las mujeres como niñas eternas que viven en violencia.
A pesar de la resistencia al cambio de algunos grupos, con la entrada al mundo globalizado y el acceso a canales de comunicación que se dio a mediados de los años 90, la mano de obra de las mujeres comenzó a ser revalorizada en las líneas de producción de las maquiladoras, en la administración empresarial y en el propio hogar.
Sin embargo, y de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2006, 78.5 de cada 100 mujeres de 15 años y más han padecido algún incidente de violencia ya sea en su relación de pareja o en los espacios comunitarios, laboral, familiar o escolar. La violencia más frecuente es la ejercida por el actual o último esposo o compañero, en 52.8%. Le sigue la violencia en la comunidad, padecida por el 48.4%.
Como el liderazgo y el poder aún se consideran un privilegio masculino, la situación laboral para la mayoría de las mujeres sigue siendo muy restringida, ya que el acceso a cargos directivos y gerenciales a niveles ejecutivos o de liderazgo continúan siendo ""exclusivos"" del hombre, debido a prejuicios y al autoconcepto de la superioridad y fortaleza masculinas, derivados de la cultura patriarcal que aún persiste en la actualidad y cuya imagen es predominante en el ámbito laboral.
Romper paradigmas, implica educación y cambiar leyes. Encontramos que a pesar de que la Ley lo establece, en México no existe la capacitación, ni la promoción y desarrollo del liderazgo político de las mujeres, ya que los recursos que reciben los partidos políticos para ese fin son subejercidos, desviados o simplemente no se utilizan, y el monto asignado aumenta cada año. Así, el monto general de financiamiento a partidos políticos nacionales para este año tiene una partida de 62.3 millones para el desarrollo político y de participación en comicios de mujeres.
Esperamos que este año el IFE sea exhaustivo en la revisión del destino de los recursos otorgados, aunque es recomendable que diseñe variables para medir y mejorar cómo se ejercen esos recursos, porque de continuar esta tendencia, de que el presupuesto no se destina a lo que se debe, seguiremos empantanadas con un 23% de legisladoras federales, con sólo 12% en los congresos estatales y en los municipios con un 4% de mujeres, cuando integramos más de la mitad de la población.
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