Al mes de mayo se han gastado mil 89 millones 746 pesos, de los 2 mil 971 millones 600 mil pesos presupuestados para los festejos patrios del Bicentenario, según información proporcionada por el Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI). Con estos datos me da la sensación de que ha venido el tío rico de Norteamérica y vamos a tener organización suficiente para la fiesta, la tornafiesta y la cruda.
Viene a mi mente porque en este mes se cumplen siete años de que organizaciones de la Sociedad Civil denunciaron el desvío de recursos públicos destinados a la salud de las mujeres, a favor del Comité Nacional Provida. El pasado 17 de junio, el juez federal 13 en materia civil determinó que hubo malversación de 14 millones 188 mil 663 pesos, que deben ser regresados al gobierno federal.
En 2003, los diputados extrajeron 30 millones de pesos que eran para el combate y prevención del VIH/Sida, para otorgarlos a Provida, de los cuales el 60 por ciento se utilizaron para contratar a tres empresas: una de publicidad, Mercatel, otra inmobiliaria y de equipo médico, Imporvar, y un salón de fiestas. Además, se detectaron numerosas facturas fiscales irregulares, unas que estaban vencidas, otras con fecha de impresión posterior a la fecha de facturación o sin concepto ni desglose. Se presentaron gastos por la compra de ropa en tiendas Sears, Aca Joe, Palacio de Hierro y Liverpool, entre otras. Como supondrá el lector, Provida ya interpuso un recurso, el caso tendrá que devolverse a un tribunal unitario y es probable que le den amparo. ¿Regresará el dinero o será exonerado?
En el país a diario se pierden vidas y empleos de forma alarmante, por ello es complicado comprender que se programe la pérdida de dinero en gastos de publicidad, canciones a pedido, análisis de ceniza de cadáveres con más de 200 años (¿por qué no se analizó el de las muertas del Estado de México o de Juárez?), fuegos artificiales, templetes, mamparas, disfraces, banderitas, mariachi, el sueldo y gasto de los extranjeros organizadores de festejos nacionales, todo a costa de nuestro dinero que pagamos con impuestos directos e indirectos, porque cuando compramos algo, ya está gravado previamente.
Esta presunción de sentirse como Reyes Magos, de conocer lo que necesitamos, de aparecer como grandes benefactores de la sociedad, de darnos circo, cuando desde el primer peso hasta el último lo pagamos con sudor, me parece una ridiculez bochornosa, y una palabrería ofensiva. El dinero es público, pero las ambiciones son a veces tan privadas que se interioriza una especie de apropiación patrimonial de lo público y de lo social, mezclada con ideas falsas de nacionalismo y patriotismo, que pervierte y enrarece las relaciones entre gobierno y gobernados, y las ensucia de demagogia y limosna.











