Édgar Núñez Jiménez va dejando huella
El narrador Édgar Jiménez Núñez. Cortesía

Édgar Núñez Jiménez es un joven chiapaneco que de a poco, pero con paso firme, se adentra en el mundo de la narrativa, sobre todo en el campo de la minificción, donde ya ha obtenido destacados premios para su fructífera trayectoria, además de que ha sido incluido en varias antologías de alcances nacional e internacional.

Desde el 2019 el nombre de Édgar ha aparecido en varios libros nacionales e internacionales, por lo que aún le cuesta creer en la repercusión que ha tenido su trabajo en el campo de la minificción.

Añade que en Argentina fue seleccionado para aparecer en Brevísimos; en Chile, participó en dos bestiarios titulados Gatos y Perros II, publicados por Ediciones Sherezade, que lidera Lorena Díaz Meza.

En tanto que en México ha sido parte de Identidad(es). Minificciones alternas, una antología compilada por Vimarith Arceaga-Aguilar, Diana Hernández Meza y José Manuel Ortiz Soto.

Recientemente, José Manuel Ortiz Soto lo incluyó en la Antología virtual de minificción mexicana, y también fue seleccionado por la Universidad de Guadalajara para el libro Minificciones desde el encierro.

“Toda esa repercusión me ha ayudado a confiar en que el compromiso y el silencio, que es donde maduran tus ideas, no tardan en dar frutos. En verdad, nunca imaginé que mi trabajo tuviera una aceptación en otros países y tampoco me había sentido tan expuesto”, refirió en entrevista.

¿Por qué decidiste enfocar tu creación literaria en la minificción?

Entré al mundo de la minificción porque un día Karla Barajas me animó a que mandara algunos textos breves a revistas nacionales e internacionales y allí fue que empezó todo. En la escritura de esos primeros textos descubrí que algunas historias que había oído en mi infancia, y algunas ideas que nunca habían podido concretar en textos largos, encontraron un espacio fértil, de manera muy natural, en el género breve.

En mis años de preparatoria y universitarios recuerdo haber leído algunos libros capitales del género breve que me han ayudado hasta ahora: los cuentos de Arreola, por ejemplo; El libro de la imaginación de Edmundo Valadés; los libros misceláneos de Julio Cortázar; El libro de los sueños de Jorge Luis Borges; Largueza del cuento corto chino, compilado por el recién fallecido José Vicente Anaya, entre otros.

Por esa época también leí algunos libros de haikú, ese otro género breve que siempre me impresiona por los flashazos y los temblores que te deja. Es decir, tenía un bagaje que nunca me había atrevido a explorar. Bueno, como ves, llegué a la minificción de forma inesperada. Nunca me lo propuse y tampoco me imaginé escribir en el género. Sin embargo, el reconocimiento que empezaron a tener mis textos desde el año pasado me animó a articular mi trabajo desde ese territorio.

¿Qué creadores de minificción te inspiraron y provocaron que tú empezaras a crear en ese género?

Como te decía, tenía una serie de lecturas que recordaba con mucha precisión. Luego, cuando realicé mi tesis de licenciatura sobre el bestiario, una modalidad que fue muy explotada en la Edad Media en Europa, tuve la oportunidad de leer mucho sobre el tema y volver a acercarme a muchos autores, entre los que destacan Borges, Arreola o Cortázar, que fueron quienes revitalizaron el género y empezaron a innovar desde esos terrenos la literatura latinoamericana del siglo XX.

¿Qué es lo que más te atrae de la minificción?

Yo creo que su contundencia y su mutabilidad. Los escritores que se dedican al género siempre te dan un golpe metafórico en las últimas líneas: ya sea de sorpresa, de horror o de ironía.

Por otro lado, ese carácter proteico le permite siempre bucear por terrenos insospechados en cuanto a temas y estilos; eso mismo también le permite establecerse en formatos no tradicionales: en los libros objetos sobre todo.

Yo me imaginó a la minificción como un diente de león; tienes que soplar encima de él, es decir, entrar en la complicidad de la lectura para que puedas ver su magia dispersarse. O bien, también ver su belleza allí estática, frágil, a punto de romperse.

¿Cuál fue el primer texto que escribiste con la técnica de minificción?

Escribí un par de textos hace bastante tiempo, que ya no recuerdo los títulos; pero en esta nueva etapa, el primero que escribí fue “El sueño de la razón”, inspirado en un cuadro de “Los caprichos” de Goya y que fue seleccionado para aparecer en la revista Fantastique.

¿Cómo ha sido ese proceso de aprendizaje, nos lo podrías contar?

Lo que he aprendido hasta ahora es cómo los textos sufren una transformación interesante por el formato en que van a aparecer. Hace un par de años escribí un texto que mandé a concurso y cuyas bases especificaban una reducción considerable, creo que de dos hojas. Recuerdo que mi texto era mayor en extensión y empecé a trabajarlo para ir limando los excesos, quitando las superficialidades, con el objetivo de ajustarme a los parámetros de los lineamientos. Allí descubrí cómo el formato de edición puede limar un texto amplio y dejarlo compacto, conciso, redondo.

Algo similar sucede con el género breve: el número de palabras límite o la extensión a la que te abocas te ayuda a ganar intensidad, a limar todas las asperezas o palabras innecesarias. Es decir, te genera una habilidad de concentrar todas tus fuerzas en una acción, para que esa acción viva. En un poema, Alejandra Pizarnik dice “la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos”, y yo creo que en la minificción ocurre lo mismo: la intensidad solo se logra encauzando toda tu atención en un centro de acción donde gira la pequeña historia.

Por otro lado, si Julio Cortázar decía que mientras la novela es como el cine, el cuento es como una fotografía, entonces la minificción es como esas microobras de arte que eligen los formatos pequeños: granos de girasol, pequeñas plumas de pájaro o pequeñísimos relojes de bolsillo.