María Katzarava aprendió en la ópera a privilegiar la belleza del sonido, el rigor técnico y el control absoluto de la voz. Edith Piaf, en cambio, le enseñó que una nota imperfecta, cuando nace de la verdad, puede conmover mucho más que el canto perfecto.
Ese aprendizaje dio forma a “Piaf Sinfónico”, espectáculo que tendrá su estreno mundial este 4 y 5 de julio en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, con una orquesta sinfónica creada especialmente para la producción, arreglos inéditos y dirección musical de Enrique Dunn. “Piaf no cantaba desde la técnica ni desde la comodidad; cantaba desde las entrañas, desde el amor absoluto, desde la supervivencia”, sostuvo la soprano en entrevista. “La imperfección humana, cuando es honesta, conmueve mucho más que el canto perfecto”.
Otras formas de ver el escenario
Katzarava (Ciudad de México, 1984) encuentra en la cantante francesa una manera distinta de entender el escenario. Durante los últimos 15 años ha construido un trabajo artístico alrededor de su legado; esa búsqueda desemboca ahora en una propuesta sinfónica. “He tenido a Piaf tatuada en mi corazón desde niña. Ha sido un refugio para mí y un recordatorio constante de por qué nos subimos a un escenario: para conmover y desnudarnos el alma”, expresó.
Después de presentar distintas versiones de ese recorrido, desde formatos de bolsillo hasta espectáculos de cabaret, decidió llevar esa exploración a una escala sinfónica. Ese cambio supuso replantear por completo la música: “El principal reto fue no perder la intimidad y la vulnerabilidad de Piaf en medio de un mar de texturas orquestales”.
En esa propuesta, las cuerdas, las maderas y los metales no aparecen como un acompañamiento ornamental, sino como elementos que amplifican el drama de cada canción.
Fusión de ideas
La partitura nació del trabajo conjunto con Enrique Dunn. Para Katzarava, ese tratamiento convierte a “la orquesta en un personaje vivo, una extensión de mi propia voz y del espíritu de la ‘chanson’ francesa”.
El repertorio rebasa las canciones de Édith Piaf. Reúne compositores y temas que han acompañado distintas etapas de su vida. “Es un mapa de mis afectos y de mis memorias musicales. El francés es como mi segunda lengua madre”, asevera. Esa cercanía con el idioma está presente en un programa que reúne canciones escuchadas durante su infancia, descubrimientos de los años que vivió en Europa y piezas asociadas con viajes, pérdidas, alegrías y la influencia musical de sus padres.
Aunque la ópera continúa siendo el centro de su carrera, esta faceta le permite explorar registros que rara vez aparecen en los personajes clásicos. Después de interpretar figuras como Violetta, Tosca o Cio-Cio-San, puede presentarse como María, sin intermediarios. “No hay una cuarta pared rígida ni un libreto del siglo XIX al que deba ceñirme. Puedo usar colores diferentes de mi voz, texturas más oscuras, susurros y acentos más terrenales. Es la oportunidad de cantar siendo yo, de dialogar directamente con el público, sin máscara ni lejanía”, considera.
La resiliencia es otro de los ejes del concierto. “El arte no es fácil; está lleno de sacrificios, cambios y reinvenciones. Al igual que Piaf, he aprendido que no importa cuán dura sea la tormenta, el escenario siempre es el lugar de la redención”, señala.











