"Fabián Rivera * CP. ""El pueblo de por sí es melancólico. No tiene gran cosa, aparte de la fábrica de hilados de algodón, las casas de dos habitaciones donde viven los obreros, varios melocotoneros, una iglesia con dos vitrales de colores, y una miserable calle principal que no medirá más de cien metros"".
Es en este lúgubre espacio donde se desarrolla la historia de miss Amelia, una adinerada mujer, dueña de una considerable fortuna, hecho que contrasta con su fealdad a todas luces evidente: ""Era una mujer morena, alta, con una musculatura y una osamenta de hombre"".
En este lugar, donde la palabra ""esperanza"" no tiene cabida, los azares del destino hacen que miss Amelia dé vida a la única distracción del pueblo: un café en el que todos se reúnen y gozan, por unos cuantos centavos, trago y comida para pasar el rato.
La lógica de este universo diminuto, donde las pasiones humanas se reflejan, fue construida por la escritora estadounidense Carson McCullers (1917-1967). Pero, ¿por qué merece este pueblo miserable merece ser reconocido como un punto dentro del vasto mapa de la soledad?
Porque miss Amelia, esa mujer dura y solitaria, se halla perdidamente enamorada de Lymon Willis, un enano jorobado que llegó de la nada y que se presentó como su primo. Así pues, el primo Lymon se convierte, de la noche a la mañana, en dueño virtual de la riqueza de miss Amelia.
El veneno del amor
El amor, claro, ciega a las personas. Y esa es una de las virtudes de este texto breve, cuya edición fue preparada por José Martínez Torres, catedrático de la Universidad Autónoma de Chiapas, en el 2006.
Doctor en letras mexicanas, Martínez Torres es un probado traductor ym en esa ocasión, trasladó del inglés al español esta breve pieza literaria, cercana a las 100 páginas, para lo que fuera el Proyecto 50, colección que reunió 50 obras poco conocidas o difundidas, de grandes autores de la literatura universal.
Carson McCullers es una de ellas. Nacida en Georgia y muerta en Nueva York, fue considerada en su momento la ""niña prodigio"" de las letras norteamericanas, allá por los años 50, con su obra ""El corazón es un cazador solitario"".
Teniendo como escenarios principales los pueblos del sur de la Unión Americana, McCullers se dio a la tarea de reflejar, en su crudeza, la condición humana de esa región.
Por ello, en ""La balada del café triste"", historia en la cual se ubican las peripecias de miss Amelia y el primo Lymon (como todo el pueblo lo conocía), tiene como personajes principales a un puñado gris de obreros, ladrones, asesinos, un enano jorobado y una mujer de aspecto masculino, avara y codiciosa.
Es así como Carson McCullers se da a la tarea de explicar, con una paciencia de científico, la relación entre el amante y el amado, uno de los ejes sobre el cual se sustenta esta curiosa obra literaria. A continuación se reproduce el fragmento en cuestión.
El amante y el amado
En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar su amor en su corazón del mejor modo posible, tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo inmenso, extraño y suficiente. Puede añadirse que este amante no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra.
El amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Se da por ejemplo el caso de un hombre que es ya (un) abuelo que chochea, pero sigue enamorado de una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado. El amante ve sus defectos, como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor.
Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. La verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón, pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor.
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