El arte no conoce las fronteras que impone Donald Trump

Una de las piezas exhibidas. Cortesía
Una de las piezas exhibidas. Cortesía

La quinta planta del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) atesora sus joyas de la corona, entre ellas La noche estrellada de Vicent van Gogh, los Nenúfares de Claude Monet, Las señoritas de Aviñón de Pablo Picasso o La danza I de Henri Matisse.

Pero ahora, el corazón del museo está dedicado a las obras de artistas iraníes, iraquíes y sudaneses: toda una señal de protesta contra el veto impuesto por Donald Trump a la entrada de ciudadanos de países islámicos.

Que el MoMA haya elegido la obra de Madani para su protesta contra el veto de Trump a los musulmanes no es casual. Y es que apenas pasaron siete días entre el decreto de Trump y la incorporación de las pinturas. “Manifiestamente impresionante”, apuntaba The New York Times.

El MoMA no es la primera institución cultural de peso que se rebela abiertamente contra Trump. James Cuno, director del Getty Center en Los Ángeles, calificó el decreto como “poco inteligente, superfluo y destructivo”.

Para la mayoría de directores de museos, el arte no conoce fronteras y cualquier muro, cualquier prohibición, solo pone límites a las colecciones.

Mientras tanto, también varios artistas han empezado a plantar cara a Trump. Y no se trata de cualquiera: la fotoartista Cindy Sherman, el escultor Richard Serra, la fotógrafa Louise Lawler o la pionera de la performance Joan Jonas, entre otros, se sumaron al movimiento J20 Art Strike.

Trump apenas ha tenido tiempo hasta ahora para pelearse de verdad con el mundo de la cultura, o quizá le interese poco. Si Trump y los republicanos comienzan a meter la tijera en los presupuestos, estas dos fundaciones podrían tener los días contados.

Aunque la NEA se lleva apenas un 0.003 por ciento del presupuesto, su final o un recorte tendría un enorme calado simbólico. Seguramente, no supondría el declive de la cultura, que en Estados Unidos se financia mayoritariamente de forma privada, pero la idea de Trump de “volver a hacer grande Estados Unidos” perdería una pieza importante.

En los próximos cuatro o incluso ocho años, la cultura podría replegarse como un caracol en su concha.