María de Lourdes Morales Vargas, investigadora del Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (Cesmeca) de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (Unicach), explica que el grafiti, los murales y el arte urbano se apoderan cada vez más de la capital del estado.
Sin embargo, algunas manifestaciones aún siguen siendo rechazadas, sobre todo aquellas que son transgresoras, rudas y “vandálicas” para el ojo humano. Indica que los tres tipos de creaciones gráficas-pictóricas, en efecto, están dejando huellas en la ciudad y están generando una especie de arqueología diferente, que dista mucho de la acostumbrada.
La experta menciona que las intervenciones son marcas de los grupos que están habitando dicho entorno y que estas evidencian mucho más de lo que se puede llegar a creer; aunque comúnmente se piense que son actos vandálicos, realmente son actos de resignificación de la ciudad.
Refiere que la práctica de las intervenciones urbanas ha tenido una evolución de carácter estilístico, y cree que esto se debe a que muchos jóvenes, que comenzaron en el grafiti por sus mismas inquietudes o su misma naturaleza, han ido evolucionando en sus técnicas.
Afirma que esos creadores han ido buscando nuevos sitios para mostrar su trabajo, y aunque se sienten muy cómodos en el espacio público, ya que ellos eligen estar al aire libre, han ido adentrándose en lugares más reducidos.
Agrega que la obra de los artistas urbanos sí ha tenido una evolución, y cree que la sociedad ha aceptado la práctica porque existe una nueva vertiente que es más “bonita” para el ojo humano, la cual se conoce como muralismo urbano, que busca que la sociedad se involucre en la realización de una pintura y se apropie de la misma.
No obstante, aquellas obras que consisten en imágenes transgresoras o “vandálicas” para algunos, por ser principalmente firmas, dagas o rayones en la pared, en realidad no han sido aceptadas porque son asociadas a actos ilícitos.
Subraya que una imagen no es aceptada porque en esta hay algo que no queremos ver, y es además la evidencia de que existe una problemática cerca. Es decir, una imagen está ahí por ciertas razones y no de manera arbitraria para el creador; las está plasmando porque quiere decir algo.
Concluye que si bien la gente ha aceptado la parte bonita, no ha aceptado la otra, que también tiene mucho que decir, que tiene mucho discurso y que es la huella o la marca de ciertos grupos contraculturales o de jóvenes que son marginados o segregados y a los que nadie escucha.
Argumenta que estos grupos o individuos logran su cometido cada vez que una persona hace contacto visual con sus obras, y de ese modo modifican la ciudad y el comportamiento humano.












