El príncipe y la plebeya

"Cuando Kate Middleton abandonó, el 29 de abril, la medieval Abadía de Westminster, tras su boda con el segundo en línea de la corona británica, se convirtió en princesa Guillermo de Gales, duquesa de Cambridge y su nombre en castellano es Catalina.

Kate Middleton dio el sí y, como en un cuento, se convirtió en la esposa del príncipe. Pero lo que no se compartió de la boda fue lo publicado por el diario alemán ""Bild"", que refiere que Kate ha firmado un acuerdo prenupcial que no la favorecería en nada ante un divorcio. Según el contrato publicado por el medio citado, si surgiera una ruptura en el matrimonio, Catalina se llevaría la peor parte, pues perdería el título, las residencias palaciegas y los hijos engendrados con su esposo.

Por lo anterior, es explicable que sólo la princesa Catalina lleve anillo de casada; el príncipe ha optado por emular a su abuelo el duque de Edimburgo y no portará alianza. Parece que ella, al portar anillo, es la única obligada a la fidelidad, y al firmar un acuerdo prenupcial, en el cual Kate renuncia, en caso de separarse o divorciarse del príncipe, no sólo a todos los privilegios, sino también a su derecho como madre.

Renunciar por anticipado a la custodia de los hijos son temas mayores, porque en este caso no importan los causales del divorcio, como recibir maltrato, infidelidad del esposo o cualquiera otra razón, los hijos no le corresponderán nunca.

Middleton no es la primera plebeya en renunciar a sus derechos, pues la actriz Grace Kelly, quien se casara con el príncipe Rainiero de Mónaco, firmó un contrato en el que, en caso de divorcio, el padre se quedaría con los hijos. De igual manera, la argentina Máxima Zorreguieta firmó un acuerdo en el que renunciaba a su ciudadanía y prometía educar a sus hijos en la religión de su esposo, el heredero del trono de Holanda.

Entiendo que a las personas les agrade ver un perfecto espectáculo británico: la pompa, los himnos, el vestido de novia diseñado por Sarah Burton, el beso en el balcón de Buckingham, Palacio en el que Winston Churchill anunció el final de la II Guerra Mundial, y el inevitable color amarillo del traje de la reina Isabel II.

El glamour es atractivo, pero ha hecho falta que gente con mayor formación democrática destacara lo bello e hicieran hincapié en lo no tan bello, como lo absurdo de la monarquía, el hecho de que el padre del novio ya tuvo una boda similar y prometió lo que jamás cumplió; una jefa de estado de 85 años que deja a su hijo en la irritante espera; el derroche en una Gran Bretaña con cinco millones en desempleo; que la familia real española haya viajado gratis para ellos, pero no para los impuestos de los contribuyentes; el que ahora a Kate haya que llamarla Catalina, que tiene nueve meses para embarazarse y tonterías parecidas. Como todo un cuento de hadas surrealista.

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