Elvis

Elvis

Habrá quienes no logren saborear el cine de Baz Luhrmann. Pero tras nueve años de ausencia en la pantalla grande (El gran Gatsby), uno entiende por qué es tan necesario para la industria. El nacido en Australia caracteriza su cine por ese incesante y excesivo desfile de imágenes, sonidos y elementos que podrían convertirlo en un exponente moderno del barroco. Y aunque en ocasiones su estilo es su mayor virtud y su mayor pecado, en su nueva película, Elvis, su mano autoral, sin duda, es una virtud tan efervescente y estimulante como la figura musical al centro.

Aunque Elvis es una cinta que consigue marcar todas las casillas características de una biopic, existe también ese dejo de singularidad que hace del todo una experiencia memorable. Atrás quedan las narrativas convencionales. Lo que muchos podrían plantear como aburrido o usual, no existe en este filme. Lo mejor de todo esto es que la intención le hace justicia al mito de Elvis Presley. Luhrmann consigue que el espectador comprenda por qué el malogrado cantante es una figura preponderante para la historia de la música.

Una vez transcurridos los primeros minutos, uno acepta que la película no dará tregua. Sus imágenes y su montaje son tan estimulantes como la parte emocional de la historia y sus personajes. Aunque la idea es contar la historia de Elvis Presley, el guion elige contarla a partir de otra perspectiva. Durante años el cantante ha sido recordado como una figura mítica e inalcanzable. En ese sentido es acertado que en esta cinta él no sea el protagonista de su propia historia. Aquella mirada impersonal mantiene la ilusión de observar el resplandor de alguien que está más allá de nosotros mismos y de cualquiera.

El eje narrativo de Elvis recae en el coronel Tom Parker, interpretado por un grotesco Tom Hanks. Grotesco no por su desempeño actoral, sino por la naturaleza de su personaje. El hombre fue un ángel y diablo. Cuando muchos señalan como su culpa el trágico final del cantante, éste desde el inicio advierte que el verdadero villano de la historia es el amor del público. Un amor que jamás permitió que existiera un freno y que resultó obsesivo para ambas partes: audiencia y artista. Este abusar de los shows y las luces inmediatamente invita a una reflexión sobre espectáculo.

Si el espectáculo es una bestia tan atractiva como peligrosa, sin lugar a dudas esta película es un ejemplo vívido. Luhrmann inserta secuencias dentro de secuencias. Su narrativa lineal es constantemente arbitraria. En ocasiones cada encuadre contiene más de dos símbolos e intenciones. La banda sonora no respeta los contextos históricos. Y nada de lo anterior importa si la finalidad es realizar una tesis del espectáculo como un gran héroe lleno de excesos que pueden encaminar a la tragedia, o que pueden ser una experiencia inolvidable.

A lo largo del proceso también se educa al espectador en los orígenes musicales del cantante y su evolución. Los sonidos del góspel nacidos en las iglesias afroamericanas de Estados Unidos son la base de un estilo que reformó la música. La imagen de un cantante sobre el escenario tampoco fue lo mismo después de Presley. Para el público no solo importaba escucharlo, sino observar de cerca el atractivo del intérprete.

En cuanto al vestuario, la labor en cualquier aspecto de la producción es notable. Agudizando así una estética audiovisual que evoluciona conforme visitamos las diferentes etapas del cantante. Aunque el estilo del director es puro corte acelerado, movimientos de cámara frenéticos, collages musicales y cuadros ultra cargados de simbolismo, aquí el caos encuentra una coherencia con las emociones de sus personajes.

Probablemente la experiencia de conocer al cantante durante su época, jamás será la misma si nos sucediera hoy en día. Pero este filme logra eliminar esa brecha. Porque lo que Baz Luhrmann ha hecho es trasladar esa emoción tan excitante del pasado a un presente en donde, con ayuda de otros elementos y códigos de esta época, nos queda muy claro por qué Elvis Presley es una leyenda.