"Sara Regalado * CP. En Día de Muertos, los panteones vivos; como vivas las leyendas, vivas las tradiciones y viva la flor en su mejor color. Cada lugar de reposo para quienes estuvieron de este lado tiene sus tradiciones, sus historias, sus creencias y sus fiestas. No importa que justo el primer día del mes de noviembre haya sido lluvioso y frío; a quienes aún están acá nada les impide ir a celebrar a sus muertos, a recordarlos; nadie se abstuvo de hacer fiesta en el lugar donde reposa la tía, la mamá, el padre, el hermano o el hijo, pues al fin y al cabo, hay que celebrar que ya están en la otra vida.
Afuera de aquellos terrenos sagrados, la vendimia se convierte también en un día de feria, sólo que en vez de juegos mecánicos y algodones de azúcar, la gente busca y encuentra flores, veladoras, lápidas, floreros, dulces y quizá algo para quitarse la sed y ponerse alegre. Los mariachis también están ahí, esperando entonar la canción favorita del difunto.
Aunque en algunos panteones, la fiesta que comenzó desde tempranas horas del día primero se prolonga toda la madrugada del 2 de noviembre, hay otros en los que, ya entrada la noche, sólo se quedan los ecos y las sombras de quienes ahí estuvieron recordando a sus difuntos, por eso, cuando ya el cielo está oscuro, el panteón se vuelve todo un espectáculo.
En ninguna otra temporada del año está tan limpio tan cuidado, tan adornado.
Desde la tumba más humilde hasta las grandes criptas u obeliscos, tienen de qué hablar a través de cada flor o cada veladora. Hay tumbas que fueron pagadas a perpetuidad y, por lo tanto, aunque se hayan usado hace décadas, aunque ya nadie las visite y en verdad luzcan abandonadas, no se pueden profanar, ni se puede enterrar a nadie más en ese sitio; debe quedar intacta, cambiando sólo con las huellas del tiempo. Por eso, por lo menos en los Panteones Municipales de Chiapa de Corzo o San Cristóbal, hay tumbas que se mantienen en pie, quizá desde el siglo pasado o antepasado. Hay algunos mausoleos impresionantes con arquitecturas parecidas a las de una iglesia, con grabados de imágenes representativas, como santos, ángeles o vírgenes.
Alrededor de los panteones también se entretejen historias y leyendas que van dando identidad a un pueblo; historias que, más que miedo, causan respeto y devoción hacia algunas tumbas.
Por ejemplo, la tumba de Enrique Verdi, en el panteón de Chiapa de Corzo: un curandero muy famoso que vivió de 1915 a 1955 y, desde que falleció, su tumba es visitada por varios feligreses que lo veneran o le agradecen quizá los bienes que les hizo en vida.
""øSe le puede tomar fotoú"", preguntó un visitante a la señora que custodiaba la tumba. Ella, después de dudarlo un rato, sólo dijo: ""Pues pídanle permiso"", y se fue, como no queriendo ser testigo del hecho. Éste es el respeto que se tiene hacia algunos personajes que se han convertido en leyendas. Los panteones son un lugar sagrado; esa carga se les ha dado sin importar las ideologías o creencias, pues la muerte es un fenómeno que tarde o temprano obra sobre todo ser vivo y mantiene al ser humano en constante búsqueda.
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