Fernando Bonilla recibió un ascenso inesperado desde que, en marzo, su gafete presume el nombre de Jerónimo Ponce III, el mismísimo gerente regional y heredero de Jabones Olimpo, en la versión mexicana de La oficina.
El actor pasó de un perfil más bien bajo a una exposición que lo desconcertó al ver su cara en memes, reels y anuncios, mientras sus opiniones públicas también comenzaron a tener más eco. Pero, a diferencia de su dubitativo personaje, Bonilla sabe que el lenguaje cuenta, más aún cuando, considera, los políticos buscan apropiarse de símbolos ajenos para hacer propaganda.
Sin tomar partido
Por eso, cuando Movimiento Ciudadano usó la imagen de Jerónimo en redes, marcó un límite: una cosa es que el público adopte la serie y otra que un partido la use para hacer proselitismo.
“Fue un error de su parte y así lo admitieron. Me pareció en su momento importante marcar ese límite, porque una cosa es que la gente se apropie de la serie, que para eso está hecha y se agradece, y me siento muy honrado; y otro muy distinto que un partido lo use para hacer proselitismo”, enfatiza el actor que, durante ese debate, dijo estar orgulloso de tener un corazón rojo y a la izquierda. “Mi ideología es algo que nunca he escondido, pero afortunadamente México y el mundo no son X. Creo que hay un grupo de personas sobrerrepresentadas en esta red social, muy estridentes y rabiosas, pero tampoco me sorprende ni me perturba”, apunta.
Lo importante, remarca, es que los ciudadanos no renuncien a discutir la vida pública, aunque esa discusión venga acompañada de ruido, etiquetas o reclamos.
“Es parte importante de ejercer nuestra ciudadanía, opinar, criticar y debatir. Yo celebro la discrepancia siempre y el choque constructivo de ideas, entonces de ninguna manera pienso no opinar de lo que me parece pertinente de la vida pública de nuestro país”, comenta Fernando que no se siente representado con algún partido.
Heredero discreto
Fernando es hijo de Héctor Bonilla y Sofía Álvarez, pero durante años prefirió moverse entre la escritura, la dirección y el teatro. “Fue por esquivar la figura de mi padre, sentí mucho tiempo que mi lugar era la escritura y la dirección, y no tanto frente a la cámara o sobre el escenario”, cuenta.
Esa distancia comenzó a cambiar cuando se reconcilió con la actuación y entendió que podía ejercerla a su manera, sin intentar ocupar el mismo lugar que su padre. “Lidié con la sombra y con el miedo de que todo lo que yo hiciera estuviera contaminado ante los ojos del público por ser hijo de quien soy. Eventualmente entendí que puedo ser actor a mi manera”, destaca.












