Fotolibro, práctica poco frecuente en México

Ana Casas Broda, fotógrafa. Cortesía
Ana Casas Broda, fotógrafa. Cortesía

Exposiciones como la que abrió en 2014 el museo Reina Sofía, encuentros internacionales, la creación de colecciones especializadas y una enorme cantidad de publicaciones y reflexiones en torno al fotolibro confirman su auge a nivel mundial. No se trata de un concepto nuevo, pero el fotolibro se ha convertido en una respuesta ante la falta de espacios de exhibición y en un lugar de encuentro para la experimentación y la reinvención de nuevas formas de contar una historia.

Los fotolibros, dice el historiador español Horacio Hernández —autor de El fotolibro latinoamericano—, son como pequeñas bombas de tiempo que viajan de manera distinta, se mueven más y siempre están en espera de que sean abiertos para volver a ser activados. La fotógrafa Ana Casas Broda agrega que el fotolibro “nace de que el mismo autor se cuestione por una estructura narrativa, por un serie de elementos que complejizan el discurso”.

“Desde que cambió la tecnología hay más fotógrafos en el mundo, los espacios expositivos son muy pocos y se inició una manera diferente de consumir imágenes. En cierto momento se abarataron los procesos de impresión y con la necesidad de tener mayor control de discurso y generar un cuerpo de trabajo con mayor coherencia, donde haya posibilidad de una narrativa y del uso de materiales, empezó a haber muchos libros autopublicados, lo que permitió a los autores cierto control de su trabajo y la posibilidad de empezar a circular sus imágenes como quisieran”, explica Casas en entrevista.

El fotolibro ofrece esas ventajas: “Está más al alcance, estructurar una exposición no es tan sencillo. En los últimos años han surgido concursos, festivales, exposiciones en Europa, Japón, China, Argentina y Perú”. En México, agrega, sigue siendo un fenómeno aislado que sólo llevan a cabo algunos sellos independientes.