Alrededor del año 1600, William Shakespeare estrenó por primera vez una obra que estaba destinada a convertirse en un hito de la cultura popular, incluso más de cuatro siglos después: Hamlet no solo es uno de los textos más influyentes de la historia, sino que contiene sus frases más conocidas (con “Ser o no ser, esa es la cuestión” a la cabeza) y ha sido objeto de estudio durante años. Ahora, Chloe Zhao nos trae una nueva perspectiva no solo de la obra, sino de su autor, su familia y, sobre todo, el poder del arte para cauterizar hasta la herida más profunda.
La mujer detrás del genio
El objetivo de la película, ya presente en la novela de Maggie O’Farrell, es darle voz, cuerpo, presencia y corazón a la esposa del Bardo (Agnes, también conocida como Anne Hathaway) antes de que Shakespeare se atreviera a pronunciar su propio apellido y se convirtiera en marca registrada del teatro isabelino.
En esa feminización de la biografía del escritor encontramos el origen de la más profunda humanidad de su obra, que emerge desde la separación y el duelo. El resultado es un filme de sentimientos heridos y pasionales, a veces en exceso calculados por una Chloé Zhao incapaz de emborronar un plano, de dejar que la forma se impregne del desgarro del fondo.
Reciclaje de emociones
Lo que más nos interesa de Hamnet es el nacimiento de la historia de amor entre la pareja protagonista, donde parece que Jessie Buckley encarna de una forma cruda, sincera e imprevisible los impulsos de Agnes, mujer libre y salvaje que la cámara de Zhao identifica con los biorritmos del bosque, acentuando, por un lado, la dimensión casi mágica del personaje, y, por otro, la fascinación que ejerce sobre Will (un Paul Mescal algo eclipsado por su compañera de reparto), que tiene el poder de un hechizo.
Es un planteamiento fulgurante, hermoso en su determinación, que luego recupera el aliento de forma intermitente —cuando, por ejemplo, Agnes descubre lo cerca que está el teatro de la vida, confundiéndolas al pie del escenario—, pero que se deja llevar en exceso por sus programados sufrimientos. Cuando suena la música de Max Richter que ya apareció en La llegada, puede sospecharse que Hamnet abusa mucho más del reciclaje de emociones ajenas de lo que se atrevería a confesar.
Morir es dormir, tal vez soñar
El gran debate entre gran parte de los espectadores, al igual que pasó con el libro, es si la película confía de manera excesiva en el misery porn para mantenernos enganchados: la sucesión de desgracias que culminan de manera inevitable en un manto de llantos alrededor de la sala. Esta es una visión de la obra que se preocupa de tener su parte liviana y amable para que la tragedia resuene más en el público sin regodearse a posteriori. Dado que su núcleo está en el dolor de una madre que ni siquiera puede articular un grito de desesperanza y que se siente completamente sola ante una vida sin brújula ni sentido, ¿cómo no va a haber llanto, corazones rotos y drama? ¿Por qué aguar el cataclismo sentimental? Hamnet es exactamente lo que pretende ser, y, como está claro, en ningún momento pretende hacer sentir cómodo al público general.
Sí, Zhao hace todo lo que puede para que llores. Sí, lo consigue de manera natural. La tristeza no tiene nada de malo, y refuerza la tesis de la propia película: el arte puede y debe removerte por dentro, incluso el que sirve como mera catarsis propia, sin importar los absurdos límites autoimpuestos. Al fin y al cabo, al final de Hamlet mueren ocho personajes principales (incluido su protagonista) y nadie en sus cabales la acusaría de misery porn.
No es fácil, en la era actual, hacer sentir algo a un espectador que puede adivinar cada truco de guión, pero Hamnet es un testamento al poder del cine (y del arte en general) para hacerte sentir que formas parte de esa historia.
Una película para reflexionar
En suma, Hamnet convence, incluso conmueve al espectador al término de su último plano, y esa impresión se prolonga a toda la película, pero lo hace más como proyección de su trascendencia, de haber asistido a algo mayor, incluso épico y legendario, que como consecuencia de lo que realmente se ha proyectado en pantalla, que no ha sido sino un reducido cuadro de dos vidas entre muchas anónimas de antaño.
Su s 8 nominaciones al Óscar son, en última instancia, una anécdota a pie de página: la propia cinta parece consciente de su paso seguro a la historia. Y ese es su mayor problema, en última instancia: sabe que es una película culta, importante y destinada a la grandeza, de esas que marcan época y los cinéfilos recomiendan. Y este consciente triunfo acaba tornándose en una ligera prepotencia de aquel que trata al público con la altanería de quien sabe que está dando en la diana. Eso sí, al contrario que en Hamlet, el resto de lo que queda al final, entre debate y lagrimita enjuagada, es de todo menos silencio.












