En 2004, las películas de superhéroes aún se consideraban un género menor. Aunque Bryan Singer había conseguido dignificar a los X-men con sus dos primeras cintas y Sam Raimi había lanzado su primera Spider-Man, el público aún no había olvidado “horrores” como Spawn y Batman & Robin, y se sentía reticente respecto a la idea de ir a ver una película de supertipos. Sobre todo si no era un clase A, conocido por todos, como Superman o Batman.
Sin embargo, Guillermo del Toro, ese pequeño genio loco mexicano, demostró que era posible un filme de superhéroes diferente. O al menos, si no de superhéroes, hacer una cinta basada en un comic-book y (más importante todavía) que recordara al material original, sin por ello sacrificar su alcance y calado entre el público generalista, que aún era muy reacio a este tipo de propuestas. ¿El elegido? Hellboy, un personaje creado por el dibujante y guionista Mike Mignola en los años 90 para Dark Horse y que por aquella época gozaba de bastante buena salud editorial.
Del Toro reunió a un equipo nada despreciable de actores, encabezados por Ron Perlman y con caras como la de John Hurt, que eso siempre da mucho caché. Con ellos se dispuso a contar una historia paranormal, de magia negra, seres del infierno y alguna que otra de sus pájaras mentales que tanto nos gusta al público en general. El resultado no fue para tirar cohetes, claro. La película costó casi 60 millones y por poco llegó a los cien. Una cifra que, desde luego, no era lo que otros títulos de “supers” habían recaudado en esos años. Sin embargo a la crítica en general le pareció gustar.Mejorando el resultado
Semilla de destrucción fue la primera historia de Hellboy, publicada en 1994 y considerada además novela gráfica. En ella se narraba su origen, de la mano del malvado Rasputín (el “mago” ruso) quien había sobrevivido a su linchamiento a principios de siglo XX para acabar trabajando para gente tan simpática como el régimen de Adolf Hitler y la sociedad Thule y así traer al emisario del Apocalipsis desde los infiernos. Claro que el plan había salido “rana” y el emisario, que llegó en forma de niño infernal, no acabó en manos de los Nazis sino de los aliados, que lo criaron con toda la normalidad que pudieron, teniendo en cuenta que era un semidemonio. La historia seguía los pasos de la investigación de Hellboy, rastreando a Rasputín y a su séquito, al tiempo que trataba de averiguar los planes del mago y lo que tenía reservado para él.
Hasta aquí, película y cómic más o menos no difieren, pero el tono sí varía. Por un lado, Mignola es mucho más cruento y duro, frente a la narración del guión de Guillermo del Toro y Peter Briggs, algo más dulce que la original y, sin embargo, también más cercana y humanizada. Hay algunas otras licencias creativas, como el desenlace del enfrentamiento final o el trasfondo y desarrollo de ciertos personajes: como el del profesor Bruttenholm que interpreta John Hurt, cuyo papel está más elaborado en la versión cinematográfica que en el cómic. Además de estas libertades, el tono de la historia cambia mucho.
En los cómic originales, Hellboy muestra historias muy sombrías, casi sórdidas y macabras, muy del tono de relatos pulp fantásticos, al estilo de Lovecraft. En estas historias, Hellboy acaba sobreviviendo, no así el resto de los secundarios implicados, que suelen terminar bastante mal.
Este tamiz de desesperanza, en cambio, no se aplica a la película, que aunque tiene un componente sobrenatural implícito apuesta por una perspectiva mucho más jovial y vivaz.
Aunque hay muertos (para aburrir), suelen ser daños colaterales del plan de malo de turno, más que víctimas inexorables de los tejemanejes de los demonios y criaturas sobrenaturales. Dicho de otro modo, Hellboy pasa de ser una historia de elementos sobrenaturales y detectives, con una suerte de criatura mágica como protagonista, a una película de superhéroes, más fantástica que siniestra, y con más intención de divertir y asombrar que de hacerle pasar un mal rato al espectador.
Este tratamiento también se aplica a Hellboy, el protagonista al que da vida Ron Perlman (y al resto de protagonistas). El Hellboy de Ron Perlman es bastante más dicharachero, infantil y brutote que el original. O al menos tiene un punto de “niño grande” que se nos mete en el bolsillo desde su primer minuto en pantalla. Esta humanización engrosa dentro del tratamiento que la película sirve para acercar un producto bastante sórdido y complicado a un público que ya por entonces demandaba que se le diera en cuchara, mascadito y bien facilito de tragar.
Cuando Hellboy conoció a Guillermo
El resultado al propio Mike Mignola tampoco le disgustó. Puede ser porque Guillermo del Toro sea un lector de cómics y un devoto de la subcultura, puede porque la fórmula funcionase, o simplemente una cuestión de suerte. Sea como fuere, Hellboy demostró qué ocurría cuando un proyecto era agarrado de las orejas por un director y guionista que conocía el producto original, lo respetaba y además de disfrutar con él, tenía talento para desarrollarlo.
Hellboy destila la esencia de Del Toro en cada uno de sus fotogramas. Es un personaje y una premisa hecha casi a propósito para el cineasta mexicano. De hecho, su sello se puede ver en criaturas, planos e incluso en la propia argumentación del desarrollo del personaje, teniendo que luchar contra las fuerzas oscuras de las que él mismo ha nacido y que le invocan para que cumpla su mandato. El humor, por otro lado, también es propio del director, con ciertos toques de ingenuidad que nos dejan muy buen sabor de boca. De hecho, aunque el estilo artístico del director queda (por así decirlo) marcado en El laberinto del fauno, Hellboy junto a trabajos anteriores son los peldaños que jalonan el camino hasta la definición final del estilo visual del director.
Que Ron Perlman sea el protagonista también le da un plus a la cinta. Si bien no es el actor más agraciado de Hollywood, es uno de los mejores actores secundarios de los últimos cuarenta años. Estamos ante un monstruo todoterreno que está como pato en el agua cuando tiene que interpretar seres deformes, marginados o simplemente estrafalarios, dotándoles a cada uno de ellos de su propia personalidad, impronta y rarezas. En este aspecto, su Hellboy es mucho más humano que muchos de los superhéroes de películas mejor consideradas. Y también tremendamente más carismático y abrazable. De hecho, podemos ponderar que su interpretación es la que sostiene buena parte del metraje. Sin él, la cinta sería otra cosa.
Años después dee su estreno sigue siendo un producto magnífico cuyos aciertos solapan algunas carencias como lo tópico de la relación amorosa de los protagonistas, que degeneraría alarmantamente en la secuela, o ciertas licencias con respecto a la obra de Mike Mignola que juegan en contra del conjunto del largometraje. Mientras la crítica fue bastante benévola con Hellboy la taquilla no estuvo por la labor de convertirla en un gran éxito.
Con un presupuesto de 66 millones de dólares solo recaudó unos poco abultados 99 que reportaron no demasiados beneficios a los productores. Por suerte la perseverancia de Guillermo del Toro supuso una ayuda indispensable para que Hellboy conociera una segunda entrega cuatro años después, rodada por un Del Toro en una posición muy diferente dentro de Hollywood a la que ejercía cuando hizo la primera.












