Hemos sido engañados y forzados a vivir enfrentados

Hemos sido engañados y forzados a vivir enfrentados

El escritor, narrador, docente y dramaturgo Alfredo Palacios Espinosa (La Concordia, Chiapas, 1948) ha estado promoviendo su nuevo libro, Los enemigos de Dios, una tragedia oculta por dos ciudades.

Este material se ha presentado en las dos ciudades donde se ambienta la historia no ficticia que contiene el libro. El volumen aborda el hecho histórico del traslado de Poderes de San Cristóbal de las Casas a Tuxtla Gutiérrez para que la última se convirtiera en la capital del estado de Chiapas.

A continuación, el autor comparte cómo nació esta obra, qué lo llevó a plasmarla y qué ha cambiado a partir de este suceso.

¿Cómo nació la idea de escribir este libro histórico?

Todos mis escritos tienen como común denominador los sucesos históricos de Chiapas. Te pongo estos ejemplos: las novelas Los malos presagios y La perseverancia recrean las vicisitudes y daños ocasionados por la construcción de la Presa La Angostura, con graves pendientes no solventados por la federación, que prometió, suscribió y no ha cumplido los compromisos pactados con la región a más de 47 años. Mis obras de teatro: El Tribuno y el usurpador (premio nacional de teatro histórico que trata de la vida y muerte del Dr. Belisario Domínguez) y Los Agravios de su Ilustrísima que se ubica en la sublevación tseltal de 1717.

Ahora bien, cuando me propuse escribir la novela Los confines de la Utopía, cuyos personajes centrales son los dos líderes chamulas más sobresalientes: Pedro Díaz Cuscat (Cogelón) en 1869, con sus anhelos de libertad, y Jacinto Pérez Chixtoj (Pajarito), ambos fusilados por el odio racista de los llamados “ladinos”. Esto me llevó a meterme de lleno a los archivos, el histórico diocesano de SCLC y al General de la Nación; consultar todas las fuentes bibliográficas y hemerográficas, hasta hacer recorridos por los parajes del municipio de Chamula, hasta que mi amigo André Aubry me llamó para advertirme que corría peligro en mis recorridos porque la policía podría confundirme con un comprador de estupefacientes, o los productores de estas drogas podían confundirme con la policía. De esta profunda investigación, después de la publicación de Los Confines de la Utopía me quedó mucha información, datos y hallazgos que me urgía sacarlos; de ahí nació el cuento Martín Tuxum (Premio Nacional de Cuento Histórico), Los Agravios de su Ilustrísima, entre otros, pero seguía pendiente esta última obra.

Como puedes ver, varias de mis obras tienen como escenario y protagonistas a los indios y sus parajes, quizás porque fui uno de los últimos maestros mestizos que tuvo la oportunidad de trabajar con ellos, antes de ser retirados por la SEP para que quedaran nada más los maestros bilingües. De esa experiencia escribí Xixilton (Premio Nacional de Crónica), por lo tanto, con la vivencia y la información acumulada de personajes tan importantes para la vida y progreso de Chiapas, como la del obispo Francisco Orozco y Jiménez, continué la indagación hasta llegar al Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara y al del Instituto José María Luis Mora; toda la bibliografía referida al tema. Hasta escribir Los enemigos de Dios.

¿Por qué se titula Los enemigos de Dios, una tragedia oculta por dos ciudades?

A veces es lo más difícil, aunque debía ser lo más fácil, el ponerle título a una obra. Es como cuando nace un hijo, piensas, titubeas y repiensas y concilias con tu pareja hasta escogerle el nombre. Con esta obra no me resultó tan difícil, después de pensar, hasta que lo encontré en las expresiones de las dos fuerzas enfrentadas que calificaban a sus contrarios con esta expresión: a los sancristobalenses, para convencer a las huestes indias de pelear sin consideración en contra del Batallón Hijos de Tuxtla, les dijeron que los tuxtlecos eran enemigos de Dios que irían a los parajes a destruir sus santos. Por su parte los tuxtlecos, para justificar el desorejamiento de los indios capturados en Chiapilla, como castigo ejemplar y señalamiento por ser enemigos de Dios.

De estos actos infames, la historia formal ha dicho casi nada, sobre todo cuando los más sacrificados y engañados fueron los indios, quizás por el involucramiento de la Iglesia. De los pocos que trataron el tema en su momento fueron Luis Espinosa en Rastros de Sangre, pero con inclinación ideológica o partidaria hacia los carrancistas, y José Casahonda Castillo en Cincuenta años de revolución en Chiapas, inclinado hacia la otra parte. Por mucho tiempo se ha guardado silencio entre las dos ciudades que estuvieron enfrentadas.

¿Cómo fue el proceso creativo de esta novela?

Como ya te dije, fue consecuencia de otras obras mías relacionadas con las problemáticas del mundo de las etnias chiapanecas. Luego, por mi vocación por la historia. Primero fue el trabajo de investigación, luego, dar un orden cronológico a los hallazgos. El encuentro de Los apuntes y memoria de monseñor Belisario Trejo en el Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal me sirvió de hilo conductor, y al narrador mismo de los sucesos como un testigo de los acontecimientos.

¿El traslado de los Poderes de San Cristóbal a Tuxtla cambió el rumbo del estado?

No lo creo. Cuando menos no en lo inmediato. Por el contrario, creo que fueron tiempos de parálisis social. Inmediatamente a este enfrentamiento vino el armisticio. Se firmó un tratado de paz con la inconformidad de una de las partes porque se salvaguardaron los nombres de las personas involucradas y no hubo castigo para los culpables, luego vino un enfrentamiento mayor dividiendo a la población chiapaneca entre carrancistas y mapachistas que duró varios años.

¿Cómo notamos ese cambio?

Creo que más bien lo seguimos esperando. No es ningún secreto que tenemos un retraso de más de cincuenta años con respecto al resto de las otras entidades del país. Las pocas obras federales han sido pensadas en función geopolítica de la misma, no para el desarrollo y comunicación de la entidad. Se hizo una carretera fronteriza que va a ninguna parte, por razones militares. Se dejó morir el ferrocarril que comunicaba a Chiapas con la metrópoli, lejos de preservarlo y conectarlo con otras ciudades de los valles, y en cambio ahora se habla de un nuevo tren que llegará a Palenque. Se hizo un aeropuerto que no sirvió. Somos último lugar en todo. Vivimos en peleas entre grupos. No tenemos un sentido comunitario ni ciudadano. Todo lo queremos por la vía de la fuerza, aunque la razón y el derecho no nos asista. Nos hace falta trabajar en una identidad chiapaneca, que no la tenemos. En fin, tenemos muchos pendientes.

Su novela parte de un hecho histórico con el traslado de los Poderes a Tuxtla. ¿Hay ficción dentro de la trama?

Ninguna. Es la narración de un suceso histórico presentada en forma novelada para hacerla más amena. Los hechos y personajes son reales. Yo no la llamo novela porque no sigue los cánones del género con una historia inventada y ambientada en un momento histórico, con personajes ficticios, que al final eluden la verdad de ese hecho histórico. Se presenta un hecho real con protagonistas de carne y hueso, con sus virtudes y defectos.

¿Qué es lo que los chiapanecos debemos saber de este suceso histórico?

Que a lo largo de nuestra historia hemos sido engañados y forzados a vivir enfrentados por intereses y causas personales o de grupo. Que los líderes o partidos políticos, y aun religiosos, no obedecen a intereses del bien común sino a razones económicas y muy personales, ni siquiera ideológicas.

¿Cuál es la intención de señalar con nombres y apellidos a los causantes o cabecillas de este movimiento social?

Presentar los hechos tal como se vivieron. Que constatemos que los nombres y apellidos de hace cien o doscientos años son los mismos que siguen moviendo la cuna para que el ser que dormita siga en sus sueños y no despierte para reclamar nada. Es un atrevimiento hacerlo, pero creí que era peor no hacerlo. Lo hice como una responsabilidad moral a cumplir. Si hubiera algún descendiente inconforme, tengo los soportes necesarios para justificarlo. Ningún descendiente es responsable de los hechos de sus antepasados como para culparlo. Tampoco fue la intención exhibir a nadie.