"Verónica Huesca * CP. El Día de Muertos es una tradición milenaria, una fecha en que los vivos honran a sus seres queridos ya fallecidos, donde la divinidad se mezcla con el rito y las leyendas parecieran, sólo por esta noche, convertirse en algo real.
En la República Mexicana, el 2 de noviembre se celebra el Día de Muertos, pero el festejo comienza desde 1, que está designado a recordar las almas de los ninos, y el segundo para las de los adultos.
En México este festejo tiene dos vertientes, la de las culturas originales y la hispana.
Los mayas creían que los muertos se iban al inframundo, un lugar temido y respetado por este pueblo, por lo que, cuando alguien moría, le colocaban un par de sandalias nuevas, algunos palos para defenderse de los animales salvajes, además de alimento, como el maíz, para soportar el trayecto, el cual era bastante lúgubre, lleno de adversidades, pruebas y terrores.
Los mexicas celebraban en el mes de noviembre la fiesta de los muertos dedicada a Miccailhuittonitli, ofreciendo en el templo mazorcas de maíz y flores, al tiempo que encendían el copal para aromatizar el ambiente y complacer a los dioses con quienes residía el espíritu de los difuntos.
Esta tradición náhuatl se preserva en Mixquic, Xochimilco y Tlahuac en la Ciudad de México. El culto a la muerte también lo encontramos en las culturas mixteca, tolteca, zapoteca, huasteca, totonaca, otomí, purépecha y zoque, etc.
Los espanoles fueron quienes trajeron el festejo de los fieles difuntos como parte del catolicismo, para ayudar a los muertos a conseguir su bienestar en el otro mundo a través de oraciones. El 1 de noviembre es el día de los ninos fallecidos o, como también se le conoce, el de las almitas, y el 2 es de los adultos o de las almas grandes, días en que sus espíritus bajan a estar con los suyos.
Así, el festejo de los muertos prehispánicos se mezcló con la tradición europea de los fieles difuntos, en un sincretismo que en cada región adquiere características propias, con elementos originales y cristianos.
Esta mezcla de creencias es, quizá, la causa por la que el mexicano se burla de la muerte, satirizándola al llamarla calaca huesuda, la flaca o la parca.
Cada ano se crean vistosos altares de muertos, donde se colocan a manera de ofrendas, sobre papel de china, las frutas de temporada como la mandarina, la calabaza hecha en dulce, plátanos, cana de azúcar, pan de muerto, tamales regionales, agua, calaveras de dulce, flores de cempasúchil, veladoras y demás alimentos y objetos que en vida disfrutaba el ser querido.
La flor de cempasúchil o de ""musá"", como se le dice en zoque, simboliza la ofrenda a los muertos. El incienso sirve para alejar a los malos espíritus de este entorno, para que las almas puedan bajar fácilmente a recibir las ofrendas.
El papel de china se utiliza desde el siglo XIX, volviéndose muy representativo en las fiestas populares, por su vistosidad y fácil manejo, mientras que las veladoras son para iluminar el camino de las almas.
Pero, sea cual sea la connotación que cada quien le da a esta celebración, el Día de Muertos forma parte de las tradiciones de México y, por ende, de su identidad cultural, que no hay que perder.
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